A 20 años de 'Bajo California, el límite del tiempo'

Autor: Pluma invitada | Mariana Pedroza

A 20 años de 'Bajo California, el límite del tiempo'

«Nosotros no hacemos los viajes; los viajes nos hacen a nosotros», decía John Steinbeck. Nada más cierto en Bajo California, el límite del tiempo, una película que a veinte años de su estreno en salas sigue siendo una referencia indispensable para adentrarse al género de las road movies.

Damián Ojeda, protagonizado por Damián Alcázar, es un artista plástico chicano que emprende un viaje a San Francisco de la Sierra, Baja California, para visitar la tumba de su abuela y conocer las pinturas rupestres del lugar. Apesadumbrado tras atropellar accidentalmente a una mujer, realiza ese viaje para encontrarse a sí mismo, expiar sus culpas y volver a ser un hombre completo, capaz de criar a su hija que se encuentra próxima a nacer.

Damián viaja al pasado para encontrarse con su presente. San Francisco de la Sierra no solo es la tierra de sus antepasados en donde encontrará las raíces que le fueron negadas por su condición de migrante; también es un ícono del pasado en sí mismo que a través de las pinturas rupestres muestra el vestigio de una cultura más antigua, condenada a desdibujarse en el tiempo.

La travesía de Damián es ante todo un travesía espiritual, una búsqueda de reconexión con lo más arcaico de sí mismo en la tierra en la que yacen sus muertos, y un rito expiatorio que habrá de hacer mayormente a pie, a la manera de los peregrinos en busca de redención.

El filme destaca por sus simbolismos, los cuales fungen como pistas del tránsito interior del protagonista. Damián va realizando instalaciones artísticas en los lugares por los que transita —espirales de piedras, enramados de fotos— y abandona en un frágil equilibrio a la merced del tiempo y la naturaleza. Ofrendará a la montaña un amuleto con cabeza de águila y piel de serpiente, encontrará a otro peregrino con quien hará un intercambio y, quizá el más emblemático de todos: armará el esqueleto de una ballena y se colocará en su interior —el vientre de la madre mítica—, mientras a lo lejos retoza una ballena viva cuya imagen se mezcla con imágenes de su mujer embarazada en el agua, sugiriendo la continuidad del linaje que requiere ser sanado.

Esta cinta, primer largometraje del director Carlos Bolado, fue galardonada por la Academia Mexicana de Arte y Ciencias Cinematográficas con siete premios Ariel, entre ellos el de mejor película y el de mejor actor. Con una dirección fotográfica impoluta, Bolado nos transporta a los paisajes de Baja California entre el mar, el desierto y las montañas.

Este año, en el marco del Festival Internacional de Cine Guanajuato, se realizó un homenaje a Damián Alcázar por su amplia trayectoria. Aunado al vigésimo aniversario del filme, resulta una oportunidad perfecta para revivir la experiencia que Bolado nos ofrece, aunque tal y como lo sugiere la película misma, hay cosas que van más allá del tiempo.

Mariana Pedroza es @nereisima en Twitter, filósofa y psicoanalista.

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