Asfixia: La debacle progresiva de un rencuentro en luz fría

Autor: Paulina Abril Vázquez Reyes

Asfixia: La debacle progresiva de un rencuentro en luz fría

La búsqueda de una identidad fílmica se desarrolla de múltiples maneras según el contexto e identidad de su autora o autor. Algunas veces esta búsqueda toma senderos que exploran narrativas, personajes, sonidos y herramientas inesperadas que le permiten enunciar la perspectiva personal que se tiene de ciertos tópicos, para así verter sus resultados dentro del espectro audiovisual que siempre ofrece innumerables contenidos.

Asfixia (México, 2016) filme dirigido por Kenya Márquez, nominado en siete categorías del Ariel 2020, obliga al espectador a sentir el tiempo, cuyo ritmo provoca una sensación de apnea que se eleva hasta su cúspide y conserva la cualidad cachazuda de producciones anteriores, como se puede percibir en su cortometraje Señas particulares (México, 2007). La sensación de frialdad y ausencia, al igual que el semblante emocional de su protagonista, es la constante que cuadro a cuadro acompaña a los personajes que se afectan unos a otros pensando siempre desde sus propias motivaciones y anhelos; una boda, compañía y comprensión, el rencuentro de una madre con su hija.

En primera instancia, resulta fácil vislumbrar la trayectoria en picada en que los personajes se encuentran, y conforme se desarrolla la historia comprendemos que su discurso se mantiene siempre a raya de lo que vemos en pantalla. La cámara es el ojo que siempre busca destacar la condición de albinismo de Alma (interpretada por Johana Fragoso Blendl), un caso muy particular dentro de los múltiples casos de discriminación que se suscitan dentro de la sociedad mexicana; Kenya Márquez ha mencionado en múltiples ocasiones que su intención era emitir un mensaje en torno a la discriminación y la violencia: "Todo se rige basado en la discriminación, me parece desastroso y eso genera muchos conflictos como ahora lo vemos con los migrantes y con el clasismo que la sociedad mexicana genera a partir de la apariencia. (...) Sentía importante que fuera una mujer albina quien tuviera esta doble dificultad y mostrar al espectador la discriminación constante que hacemos no sólo del rubio al moreno, sino del moreno al rubio”, comentó para el Festival Internacional de Cine de Morelia.

Si bien la gente mira con extrañeza a Alma, o hacia su condición genética que provoca su aspecto blanquecino, en su intento por retomar su vida y encontrar a su hija nunca podrá compararse con el racismo que existe hacia las personas morenas que han sido sometidas durante siglos debido a la lectura de sus cuerpos, su tono de piel, fenotipo u origen étnico. Son dos temas específicos relevantes e inconmensurables. 

En concordancia con lo anterior, dentro de esta ficción sí se refleja, más no critica, el racismo a través del personaje soñador de Concha (interpretado por Mónica del Carmen).  La identidad de este personaje se basa en creencias fundadas en el amor romántico, la heteronormatividad y la carencia emocional que le llevan a vivir una relación de abuso y violencia, la cual no sólo se limita a la de género sino también a la violencia racista. La ilusionada Concha se conmueve al ver su imagen en el espejo vestida de blanco con todo y velo. Mientras ella cuenta entre suspiros que siempre se imaginó vestida de esa forma, su fantasía es interrumpida por el comentario: “Pero, ¿no tiene uno color beige? pa´que no contraste tanto”, emitido por el Bernie ( Raúl Briones) que hasta ese momento es su futuro marido. Bernie es el personaje que describe al abusador que se aprovecha y ataca constantemente a su pareja para sacar provecho de ella, quien violenta verbal y físicamente a Alma y a su hija, es de quién hay que huir para salvar la vida.

En su recorrido, don Clemente (Enrique Arreola), un hipocondríaco que padece más que nada de soledad, se inserta en el camino de Alma. Temiendole a todo lo que pueda ser dañino y aferrándose a la idea de su insuficiencia pulmonar, guarda entre sus estantes viejos y atestados de medicinas, aquellas fotografías de lo que alguna vez fue su vida. Esa amistad o necesidad recíproca les consuela y fortalece para emprender los nuevos rumbos que marcarán sus vidas.

El comentario que enuncia Asfixia (México, 2018), no está dirigido a lo que es “ser mujer” —como desarrolla Simone de Beauvoir en El segundo sexo— acotándose en México; aunque, por supuesto, la violencia es una dolorosa realidad que muchas mujeres viven. Es una historia enfocada en lo que a dos mujeres y una niña viven dentro de sus interseccionalidades. Un acercamiento a sus temores, anhelos y relaciones, enmarcadas siempre por los lugares que contienen sus vidas. Lugares que conforme se desenvuelve la trama reflejan los aspectos emocionales y sentimientos que vive cada personaje. Una farmacia, el tianguis, una vecindad y una casa vacía mientras cada cual busca escapar de su soledad bajo una cadencia parsimoniosa de luz fría.

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