Bruno Dumont: tres vacantes para el alma

Autor: Rodrigo Garay Ysita

Bruno Dumont: tres vacantes para el alma

Las películas de Bruno Dumont parecen haber salido del corazón del bosque en fila india, alejándose una tras otra de las brutalidades de la naturaleza para acercarse a la farsa de la representación civilizada. La etapa de comedias excéntricas que inició con la miniserie policiaca El pequeño Quinquin (P’tit Quinquin, 2014) y que continúa ahora con el musical synth-metalero Jeannette (2017) parece muy distante de la sencillez de sus inicios, en donde las comunidades provincianas engendraban entes obtusos e imperfectos, héroes trágicos y solitarios, condenados a sufrir la agresión de los pecados inherentes a una humanidad sin disfraces. En todo caso, tanto las oscuras degradaciones del hombre de campo como las sátiras caricaturescas que ha hecho recientemente conservan la sombra del desamparo por dentro: el humano de Dumont está fracturado y resentido por un espacio hueco que le dejaron entre grietas.

El periodo que precede inmediatamente a El pequeño Quinquin es quizás en donde sus personajes cobraron conciencia de ese vacío y, aunque sus antecesores también vagaron por las frías campiñas del norte de Francia como si quisieran encontrar eso que les hace falta, no fue hasta que Julie Sokolowksi interpretó a la doliente Céline, raptada por un aria de la Pasión según San Mateo, que la búsqueda se hizo activa. En estas tres películas —listas para verse en FilminLatino—, a los modelos primitivos del cineasta francés les despertó una espiritualidad vacante:

La vacante abnegada: Hadewijch (2009)

A Céline ni siquiera la respalda la institución oficial de su fe; expulsada del convento en donde vivía por un fervor religioso demasiado radical, la niña está sola. Si Dios no está en los rezos obsesivos y en el ayuno estricto, ¿estará en la capilla con el ensamble de cuerdas que ensaya rústicamente a Bach? ¿En la motoneta del joven Yassine, imposibilitado en su empresa amorosa? La ausencia divina en las calles de París se refleja siempre en rostro cautivado de la creyente y es, a su vez, un anzuelo para que peces más grandes y peligrosos se acerquen a ella. En el cine de Dumont, el agujero en el alma termina por llenarse con terrores y violencia.

La vacante del diablo: Fuera de Satán (Hors Satan, 2011)

Otro ejemplo (más alegórico) de las malas compañías para los desarropados. Una muchacha sin nombre, igual de absorta en su soledad que la protagonista anterior, deja entrar a un amigo errante a su vida: un hombre misterioso que duerme en el campo y que le concede sangrientos deseos para compensar sus infortunios. Camina a su lado y aprende sus rituales oscuros. De rodillas, el extraño se empequeñece frente al sol, en una plegaria que lo sintoniza con el horizonte; para el dador de diabólicos milagros, uno de ellos, como sacado del emotivo final de Luz silenciosa (Stellet Licht, Carlos Reygadas, 2007), la naturaleza parece ser su única y verdadera aliada —lo que dota a la complicidad con las fuerzas naturales de una malignidad casi mística.

La vacante de las musas: Camille Claudel 1915 (2013)

La relación entre Auguste Rodin y Camille Claudel ya tenía veinte años de haberse consumido cuando ella no soportó más la paranoia y fue internada en un asilo en contra de su voluntad. En el acto de desarraigo, su familia no sólo la privó de un hogar y de un patrimonio, sino de un estado de independencia creativa. Las musas de la escultora se volvieron brujas delirantes, furias en traje de ancianidad que la torturan hasta la locura con el eco de sus risas en los pasillos de piedra de Mort de Verges. Camille añora la libertad de su estudio y del arte sin dolor. Paul Claudel, al contrario, ya no necesita buscar nada: “el secreto de la santidad es dejar que Dios haga su voluntad”. Así justificó de alguna manera el abandono de su hermana.

@Rodrigo_Garay es colaborador en Cineteca Nacional. Escribe en Revista Icónica y el portal CorreCámara, entre otros. 

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