Chaplin: el engranaje que conjunta la comedia, el teatro y las sensibilidades humanas

Autor: Marcos Aguirre Salcedo

Chaplin: el engranaje que conjunta la comedia, el teatro y las sensibilidades humanas

La icónica imagen del vagabundo con sombrero de bombín, un angosto bigotito, chaqué ajustadísimo, pantalón muy holgado, bastón y enormes zapatos negros está tan interiorizada en la cinematografía que es imposible no relacionarla con los orígenes del cine silente y el género de comedia. Charlot, personaje creado e interpretado tan transparentemente por Charlie Chaplin, es tan trascendente que las referencias que aluden a su estilo se han multiplicado a lo largo del tiempo y en diferentes disciplinas artísticas. El realizador británico representa un engranaje fundamental en la máquina que combina el teatro, la comedia, el cine y las expresiones humanas.

Chaplin, quien a pesar de vivir una infancia difícil soportando la ausencia de su padre y la enfermedad psiquiátrica de su madre, fue capaz de formarse artísticamente en el circuito de teatros de variedades en Inglaterra hasta que en 1913 llega a los estudios Keystone con sede en Los Ángeles, donde un año después participaría en el que se considera el primer largometraje de comedia de la historia del cine: El romance de Charlot (Estados Unidos, 1914), dirigido por Mack Sennett. Se trata de una de las primeras apariciones del vagabundo, quien entra a cuadro del lado izquierdo de la pantalla, luego del intertítulo “el extraño”, dejando ver su torpe caminar y esa característica silueta recargada sobre el bastón con los pies cruzados. Si bien en este filme su personaje aún no era el definitivo, como si se tratara de una premonición, dejó ver el rumbo que tomaría posteriormente: el de un hombre torpe y accidentado, metido irremediablemente en líos —regularmente amorosos o ligados a la cotidianidad— que busca encontrar una solución, aunque eso implique tomar medidas frenéticas y absurdas, lo que da lugar a una serie de gags o chistes teatralizados muy propios del cine chapliniano y del género de comedia en el cine silente.

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El cineasta británico no se limitó a la actuación en sus filmes, también escribió y dirigió la gran mayoría de ellos, incluído su primer largometraje: El chico (Estados Unidos, 1921). En dicha película ocurre una secuencia memorable donde el niño, interpretado por Jackie Coogan, a punto de ser arrebatado del vagabundo, refleja en su rostro un auténtico mapa de incertidumbre y miedo al alejarse de un ser querido. La quimera del oro (Estados Unidos, 1925) es la historia de Charlot afectado por la fiebre del oro de Klondike que ocurrió a finales del siglo XIX en Norteamérica; en El Circo (Estados Unidos, 1928) mostró las dificultades del vagabundo al ser contratado por una carpa cirquera, película que se vuelve un testimonio de la potencia de la imagen chapliniana, aquella que capta los rostros de los personajes y refleja las emociones que acontecen en el momento.

Chaplin hace de cada película una combinación de movimientos corporales, teatrales y expresivos que transmiten, desde la cotidianidad de su universo, sensibilidades de las que no se puede ser ajeno, pues son parte de nuestra naturaleza humana; Luces de la ciudad (Estados Unidos, 1931), película en donde Charlot se dispone a ayudar a una florista ciega de la que se ha enamorado para pagarle una operación que le devuelva la vista, también es una clara muestra de las experiencias sensibles que acontecen en su obra, para muestra se pueden apreciar los primeros planos a las miradas y los gestos, los cortes a momentos claves como gags o movimientos teatrales y los instantes poéticos que reflejan la tragedia o la victoria; todo esto es lo que hace distinto a su cine de cualquier otro.

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Tiempos modernos (Estados Unidos, 1936) retrata la explotación que se ejerce dentro de una fábrica sobre sus trabajadores y vislumbra las implicaciones de la vida moderna sobre la sociedad. Es en este filme donde se mira a Chaplin presionado por los engranajes de la fábrica, tal vez los engranajes de la modernidad que ha llegado –incluyendo en el cine con el establecimiento del sonido sincronizado, cambio al que el cineasta impuso resistencia–, sería una analogía puntual de lo que distingue su estilo: una máquina cinematográfica que mezcla el teatro, la comedia y las expresiones humanas para sensibilizar a los espectadores. Además de que comenzaría a explicitar su parte ya no poética ni estética sino política, siendo El gran dictador (Estados Unidos, 1940) una pertinente parodia y crítica para la época hacia los regímenes totalitarios, en particular al de Adolf Hitler.

El cine de Chaplin puede pensarse como una máquina cinematográfica, como se ha mencionado, no porque sea frío y exacto, sino por crear mundos con su propia lógica al reunir varios engranajes necesarios que lo hacen distinguirse de otros cines; compuesto por el teatro, la comedia, las miradas, los rostros, la cotidianidad, el humor, las decepciones, la victoria, la sátira, los gags y un lenguaje cinematográfico simple pero capaz de abrir y transmitir sensibilidades y experiencias tan reconocibles, aunque fácilmente olvidables, que es imposible no envolverse por la potencia que tiene esa máquina y sus imágenes para devolvernos aunque sea un poco de nuestra humanidad.

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