De padres e hijos: un retrato familiar sobre la guerra siria

Autor: Bianca Ashanti

De padres e hijos: un retrato familiar sobre la guerra siria

En la mitad de una espaciosa sala hay un hombre de espesa barba que ríe a carcajadas mientras carga entre sus brazos a un niño de ojos sorprendidos y pestañas inmensas. Su rostro amable y sonriente confiesa a la cámara “Si tomara el amor que tengo y lo esparciera por la tierra, entonces se llamaría planeta amor y no planeta tierra”. Esta declaración iniciará una serie de confrontaciones argumentativas en las que nos adentraremos para conocer la vida de una familia de Al Nusra, el frente sirio de Al Qaeda, uno de los grupos terroristas más fa

3mosos del mundo.

“Cuando era niño mi padre me enseñó a escribir mis pesadillas para que no se volvieran realidad” declara Talal Derki, director de la cinta, con una tranquila voz en off que parece justificar la necesidad de documentar la guerra de su país natal; un retrato que inició con Return to Homs (2014), filme en donde conocimos a Abdul Basset y nos volvimos parte de las manifestaciones civiles pacíficas que iniciaron en el medio oriente con la primavera árabe, y que desencadenaron una interminable guerra armada.

Tres años después, Derki nos traslada 153 kilómetros al norte, en la provincia de Idlib, donde seremos testigos de la evolución del levantamiento armado y el impacto de los grupos extremistas. De padres e hijos (2017) nos muestra ciudades que han sido alcanzadas por la cultura de la violencia, donde las mujeres se esconden detrás de las pocas paredes que quedan en pie, y los niños pasan sus días jugando dentro de tanques del ejército.  Un retrato familiar que parte de la intimidad de una casa para ejemplificar la historia de un país entero.

Abu Osama, el patriarca de la familia, es el padre de ocho niños. El mayor de ellos tiene 12 años, el cabello rubio y el nombre del fundador de Al Qaeda. Sus hermanos menores comparten con él la importancia de sus nombres, que conmemoran a Aymán az Zawahirí y Mohammed Atta, uno de los responsables del atentado del 11 de septiembre.

La cámara de Talal los mira de cerca, posicionándose dentro de sus propios cuartos explora su visión de la vida, mientras captura la imagen de una guerra que ha invadido todas las habitaciones de su casa y de su mente. Osama y sus hermanos se convierten en los protagonistas de esta película que parece correr paralelamente entre dos realidades: la guerra de los adultos, que pasan sus tardes desactivando minas y asesinando a personas en nombre de Alá; y la guerra de los niños, que saltan risueños sobre bombas caseras.

Esta estructura, usada por el realizador para sumergirnos poco a poco en el entorno bélico que se ha normalizado dentro de los ciudadanos de Idlib, se ve truncada hacia la mitad de la historia, cuando una mina destroza el pie de Abu Osama. Sus hijos lloran en coro y nos hacen recordar el miedo constante con el que viven, un miedo que hasta ahora parecía ausente. La muerte, siempre omnipresente, se muestra de frente por primera vez, para recordarnos la vulnerabilidad de la vida.

A partir de este punto, los contrastes que articulaban el filme se hacen más fuertes. La actitud del patriarca ante la vulnerabilidad de su discapacidad se ve acentuada; por otro lado, Osama y Aymán son obligados a iniciar sus prácticas dentro de los campamentos de Al Nusra. Las imágenes de niños con uniformes militares y armas largas que se extienden sobre sus pequeños cuerpos se convierten en uno de los mensajes más fuertes del documental, que hasta ahora se había limitado en mirar la violencia con cierto dejo de sacralidad.

Las líneas narrativas que dividían las diferentes perspectivas de la guerra por fin convergen y crean un sentimiento de intranquilidad, enmarcada por los constantes estruendos de bala que nos muestran cada una de las fisuras que Osama y Aymán están sufriendo, dejando atrás sus “inocentes juegos” para convertirse en soldados que niegan la existencia del miedo y proclaman jubilosos la instauración de un califato islámico justo.

En Return to Homs (2014), atestiguamos el levantamiento civil de un pueblo que esperaba derrocar al régimen con manifestaciones pacíficas, los cantos y los bailes que inundaban las calles y se oponían a los tanques de guerra; nos mostró las consecuencias de la opresión por parte del estado y los inicios del enfrentamiento armado; fuimos testigos de la transformación de soldados en rebeldes. Sólo tres años después, el cineasta sirio regresa para mostrarnos una realidad impensable, una guerra inacabable y la sistematización de un enfrentamiento donde los niños deben despedirse de sus hermanos para defender con su vida las ciudades fantasmas que habitan.

Lo doloroso en De padres e hijos (2017) recae en la contextualización de lo que vemos. Nos hace conscientes de los rostros que hay detrás de cada yihadista, nos transporta a sus ciudades, nos invita a sus casas y nos hace reflexionar sobre la infancia de cada uno de ellos, una infancia fracturada por el fanatismo y la ideología de estado.

Derki enfoca su cámara a los rostros de los niños, porque entiende su destino. Lo que vemos en pantalla es a una familia delimitada por su contexto geopolítico, donde la muerte es el único legado que tienen seguro. La mirada desde la cual se registra este entorno nos hace reconocer los discursos críticos de un cineasta que ha ido creciendo junto con sus historias; sin embargo, en esta ocasión no encontraremos los mensajes de esperanza con los que despedíamos a Basset en la primera entrega de esta cruda trilogía que parece no tener fin.

Publica un comentario

Sin valoraciones