DNCM: La fórmula secreta

Autor: Sharely Cuellar

DNCM: La fórmula secreta

Es difícil pensar en la mejor manera de abrir un texto sobre cosas que sabemos tienen la capacidad de trascender de manera independiente a lo que puedan aportar las palabras. Debe haber cierto egocentrismo al creer que resultará algo digno de lo que viene a continuación. “Ustedes dirán que es pura necedad la mía…”

Son 55 años los que han pasado desde que el realizador sonorense Rubén Gámez irrumpió las expresiones audiovisuales mexicanas con su mediometraje experimental: La fórmula secreta (México, 1965). Kokakola en la sangre en lugar de suero; el líquido negro es la victoria del imperialismo.

La pandemia nos ha tenido en cuarentena ya por cinco meses. Qué impactante resulta entonces volver a ver la Plaza de la Constitución con una cámara que vuela a gran velocidad. Esto es lo más cercano a recorrer la plaza otra vez; y es que esa realidad de México en la década de los años sesenta parece mucho más reciente con la digitalización de Cineteca Nacional. El vuelo es al ras del piso, un giro hacia la izquierda, se asoma la sombra de unas alas y vemos los créditos iniciales. Juan Rulfo, el poeta; Sabines, la voz. La música: Antonio Vivaldi, Igor Stravisnky y Leonardo Velázquez.

En esa década continuaron las tensiones entre Estados Unidos y la Unión Soviética con la crisis de los misiles en Cuba, seguía la guerra de Vietnam y se abrió un panorama vibrante con exigencias sociales en diferentes países de Latinoamérica. La fórmula secreta hizo su propia manifestación artística no solo en el sentido creativo y expresivo, sino en el de visibilización y protesta a su manera.

Las salas reabren poco a poco en nuestro tiempo, reaprendemos a convivir a pesar de no poder tocarnos. Vemos una función especial frente a una pantalla que da su máximo por darle justicia a un clásico mexicano que pocas veces se ha visto tan nítido. Un contrapicado da la sensación de que ese hombre puede volar justo debajo del puente peatonal.

Hay muchas anécdotas, aunque no todas ciertas, que rodean la realización de este filme: fue hecha con tomas únicas, Gámez usó los sobrantes de cartuchos con los que hizo comerciales para obtener la cinta virgen y quemó un negativo de la película luego de ser marginado por su trabajo, situación que lo orilló al hermetismo para su posterior exhibición.

“La verdad es que cuesta trabajo
aclimatarse al hambre
Y aunque digan que el hambre
repartida entre muchos
toca a menos,
lo único cierto es que aquí
todos estamos a medio morir
y no tenemos ni siquiera
dónde caernos muertos.”

Juan Rulfo escribió el poema que lee Sabines, lo escribió como un favor para Gámez y fue creado exclusivamente para la película. La mirada del realizador y las letras del poeta se convirtieron en un diálogo profundamente crítico sobre el capital, la iglesia y el Estado.

Emilio “El Indio” Fernández o Roberto Gavaldón mostraron historias de indígenas representados por actores de renombre. Gámez, por su parte, dejaba la cámara hacia una colina árida, el hombre con sombrero y sarape mira fijamente; la toma se desplaza hacia la derecha, retrata un paisaje y el hombre regresa por sí mismo al cuadro; nuevamente se hace un paneo, pero ahora hacia la izquierda, luego la colina y después aparece el hombre que exige atención. Nos maravillamos con los paisajes de Gabriel Figueroa tantas veces que olvidamos quiénes habitan ahí.

“entonces
tal vez
nos llegue a todos
el remedio.”

Interactuamos sobre una película de hace más de medio siglo a través de dispositivos electrónicos; la vemos en una pantalla. ¿Qué tanto ha cambiado el panorama nacional desde entonces? Gámez nos enfrentó a temas que eran difíciles de abordar en el cine luego de la prestigiosa Época de Oro, lo hace restándole glamur, pero con la exigencia de una conciencia social y política que se siente a través de cada pantalla que muestra hoy La fórmula secreta.

Publica un comentario

Sin comentarios