El cine y la revolución estudiantil

Autor: Bianca Ashanti González Santos

El cine y la revolución estudiantil

Existen fechas dentro del imaginario colectivo que son inolvidables. Para los mexicanos, el 2 de octubre de 1968 y el 10 de junio de 1971 forman parte de éstas. Un punto de quiebre social que logró trastocar a toda la ciudadanía, en mayor o menor medida. Las matanzas estudiantiles en México se han convertido, con el tiempo, en un parámetro histórico que mide la violencia, la represión, la corrupción e indudablemente la transgresión física y moral del gobierno contra la vida misma.

Pero las fechas no resultan ser más que la punta de un iceberg que esconde, bajo las cristalinas aguas de la pasividad nacional, una serie de abusos que han llevado a la fragmentación social y han generado una tensión antagónica de los estudiantes contra el sistema y, por obviedad, contra todos aquellos que lo conforman. A pesar de ello resulta casi obligado rendir homenaje a los simbólicos números que enmarcan las manifestaciones.

Y es con esta consigna que los directores mexicanos se han dado a la tarea de testimoniar desde muy diversas perspectivas las revoluciones estudiantiles. Ya sea convertir el tema en el punto central de la narrativa, como lo realizó el director José Manuel Cravioto en su quinto largometraje, Olimpia (México, 2018). O tocar los temas de forma más superficial, haciéndolos un elemento de apoyo para las historias protagonistas, ejemplificado a la perfección con Roma, donde el director Alfonso Cuarón llevó a la pantalla grande el llamado Halconazo, para reafirmar la memoria colectiva y estética de la década de los años setenta.

Este evento en la historia de México fue, al igual que la matanza de Tlatelolco, una violenta muestra de represión contra los estudiantes, esta vez por parte de otra administración gubernamental, la de Luis Echeverría. Las consecuencias de dicho ataque perpetrado por un grupo paramilitar, llamado Los Halcones, se reflejaron en especulaciones que hablaban de la desaparición y muerte de más de 120 estudiantes. La especulación fue un elemento clave dentro de las matanzas estudiantiles, tal como lo declararía "El Chino" en Borrar de la memoria (México, 2010): “Hay tanto rollo que ya nadie sabe qué es realidad y qué es fantasía”.

Y en efecto, hay mucho rollo de dónde elegir; desde los dramas inspirados en horribles sucesos reales como Canoa (México, 1976) de Felipe Cazals, hasta las historias de amor que nacen dentro del caos revolucionario que nos regaló Carlos Bolado en Tlatelolco, verano del 68 (México, 2013), además de la narrativa con tintes de humor negro de Gabriel Retes en El bulto (México, 1991) —uno de los pocos filmes que rescata la matanza del jueves de Corpus, dónde se podía observar el intento crítico de los cineastas por retratar los eventos históricos fuera de la función propagandística de la que tanto se ha abusado a lo largo de la historia—.

El bulto se convierte en un filme sorprendentemente esperanzador que retoma el movimiento estudiantil para posicionarlo lejos de la matanza y volverse una bandera de esperanza y de rebeldía al sistema en un contexto mucho más actual. 

Dos décadas más tarde Alonso Ruizpalacios rescataría este humor negro para entintar su ópera prima, un roadmovie que esconde detrás de una historia de héroes y persecuciones un discurso político lleno de ideas revolucionarias: Güeros (México, 2014) logró construir una línea narrativa paralela al conflicto de la huelga del 99 con elementos sencillos: la mirada fotográfica de un niño que al momento de disparar el flash de su cámara, augura casi poéticamente el desastre que se avecina, la muerte.

Sea como sea, el mundo cinematográfico ha cargado sobre sus hombros un compromiso social que no se ha quedado en su labor testimonial, sino que ha llegado a un activismo político que exige justicia. Lo podemos escuchar en el documental  El grito (México, 1968) de Leobardo López Aretche —quizá el referente más importante del movimiento por su aportación de material fílmico— bajo las consignas que lanzaban miles de estudiantes sobre la plancha del Centro Histórico.

Hoy, a 48 años del Halconazo sigue sin haber justicia, pero las consignas aún se escuchan año con año, cargadas del sentimiento de libertad y de esperanza que ha logrado permear en las nuevas generaciones, gracias en gran medida al cine. Como Ruizpalacios nos dejó ver en las paredes de su caótica Ciudad Universitaria “(…) ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica”.

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