El grito: la experiencia desde la laptop

Autor: Pluma invitada | Carlos Ramón Morales

El grito: la experiencia desde la laptop

De las muchas formas que se recordó el movimiento estudiantil del 68 —libros, reportajes, seminarios, exposiciones—, una amalgamó lo colectivo con lo íntimo, como ocurre con las experiencias de redes sociales. Fue la exhibición de El grito (México, 1968), el documental de Leobardo López Arretche sobre el 68, disponible el pasado 2 de octubre en FilminLatino.

El grito es de esas películas de culto que todos sabían de su existencia pero pocos habían visto. La historia de su realización es casi tan dramática como su contenido. Levantaron imagen alumnos del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC) al tiempo que ocurría el movimiento estudiantil; reunieron unas ocho horas de material que debió protegerse de la depredación militar.

Aunque de espíritu colectivo, la responsabilidad de ordenar y editar El grito fue de Leobardo López Aretche, quien fungió como director. Leobardo se suicidó en julio de 1970, abrumado por el ambiente represivo posterior a Tlatelolco.

El grito se presentó en pequeños auditorios y el 23 de junio de 1976 tuvo estreno oficial en la primera Cineteca Nacional, esa que se incendió en 1982. A partir de entonces ha ido dando tumbos en cineclubes y formatos para exhibición casera.

La novedad es que a 50 años del movimiento estudiantil, la Filmoteca de la UNAM restauró aquel documental y de alguna manera lo volvió a estrenar. Fue filme estelar en Arcadia: Muestra Internacional de Cine Rescatado y Restaurado. Se proyectó el 29 de septiembre en la Plaza de las Tres Culturas. Aquí me gusta el comentario que hizo Sergio Díaz Ochoa en Letterboxd:

«A 50 años, uno esperaría sentir cierta distancia frente a lo ocurrido, pero sentarse ahí en ese preciso lugar y ser testigo de esto resulta igual de doloroso que cualquier otro tiempo. Vigente y vital».

Además, el 2 de octubre FilminLatino la exhibió en línea gratis durante 24 horas. El acontecimiento no es menor. Aunque en la web y las redes han circulado muchos materiales sobre el 68, tener acceso a este documental en su versión restaurada, fue como invitar a uno o más de los sobrevivientes genuinos del 68 a contar su historia, sin tendencia política, ni revisionismos, ni arribismo institucional.

Mientras se marchaba de la Plaza de las Tres Culturas al Zócalo, mientras se debatía la pertinencia de quitar del Metro las placas que mencionan a Díaz Ordaz, en las computadoras aparecía el 68 en estado puro, con su candor y su tragedia. Y los comentarios de los cibernautas complementaban la exhibición: algunos reconocen las calles de las manifestaciones, otros se sorprenden por la actualidad de los reclamos, uno más hace suya alguna canción, una consigna; desconciertan las imágenes que crean una línea directa con los desaparecidos de Ayotzinapa o los porros asediando a estudiantes.

Se dice que como ejercicio cinematográfico es modesto, pero la valía de su contenido rebasa la formalidad audiovisual. Y aun así se reconoce la huella de su época: las voces en off cotidianas, como si fueran trozos de charlas superpuestas en collage; el esmero en detalles como espectadores expectantes de las marchas, cancioneros o calles vacías de la Ciudad de México; juegos de cámara con fotos fijas que se adelantan a lo que ahora se ha llamado 'el efecto Burns'. Pero sobre todo, El grito logra conmover: su armado sin afán didáctico logra la inmersión en la época y en sus actores: rostros que se siguen viendo en el Metro, arte gráfico que ahora se compila en libros pero entonces estuvo en las calles. Testimonios de un valor histórico tremendo. Los momentos que más me asombraron: el gallardo discurso del rector Barros Sierra y el otro discurso, taimado, de Díaz Ordaz justificando el uso de la fuerza.

El grito es de estos documentales que, con los años, consolida su lugar fundacional: por supuesto que es testimonio y protesta, pero también es punto de partida para reconocer la actualidad de una ciudad, de un país, y los reclamos que siguen pendientes. Obras tan diversas como Tempestad (Tatiana Huezo, 2016), Hasta los dientes (Alberto Arnaut, 2018), Ayotzinapa el paso de la tortuga (Enrique García Meza, 2017) o La libertad del diablo (Everardo González, 2017) tienen su fundamento en este grito coral, lírico, congelado, que a cincuenta años de filmado se muestra con una pasmosa actualidad.

Carlos Ramón Morales es @rufianmelancoli en Twitter, escritor y guionista. 

Publica un comentario

Sin valoraciones