El mar es una butaca de cuero con brazos de madera

Autor: Amado Cabrales

El mar es una butaca de cuero con brazos de madera

Todo empieza con una idea: ser mejor, y en medio de la tiranía de lo privado, cada quien tiene la posibilidad de construir su quimera, su pequeña parcela de verdad y de justicia. Crear bajo su propio concepto del deber ser, una utopía, una parcela idílica que será devorada por su propia lógica, por su inmanente caos.

La familia es la célula, el núcleo de lo social, su reformación es el principio de la nueva humanidad. Lo privado como universo propio en oposición a lo público. Micro proyectos de control que toman como su reinado los confines de sus muros y el lenguaje; su deformación y control.

Todo será medido por ese ideal y toda la propiedad del creador de este mundo será supeditada a él, a sus leyes y por lo tanto a sus tormentos. Los hijos, en tanto propiedad del padre, son articulados dentro de este microcosmos despótico, en ellos está puesta la esperanza de la perfección y la pureza dada por la obediencia.

Es entonces que todo el mundo se miniaturiza, toda la realidad se comprime hasta donde alcanza la mirada y todo lo demás es la elaboración de un mito, de un más allá perturbador, infranqueable e incontrolable.

Las personas son entonces perros o ratas y utopía, es una adolescente donde los coños son lámparas muy grandes. Para Gabriel esposo de Beatriz, padre de Porvenir, Utopía y Voluntad, la única cualidad de las ratas es aquella que comparten con todos los débiles: su facilidad de reproducción, por tanto, estos seres salvajes e inferiores deben ser exterminados, llevados a su muerte a través de un intrincado laberinto llamado “el castillo”.

Para Padre, dueño y señor de la casa, compañero de Madre y progenitor de Hijo, Hija e Hija menor, los perros esperan a que les enseñemos a comportarse, son masilla que en las manos indicadas dará a un fiel compañero. Es así que sus hijos ladran y temen a los gatos y coleccionan trofeos a su buen comportamiento en forma de estampas y aviones de juguete que caen del cielo de vez en cuando.

Nadie puede salir, sólo el padre tiene el temple para sobrevivir en el exterior. Nadie esta listo “aún” ya sea que tenga que perder un colmillo (canino) o que probablemente nunca estén listos.

Pero no sólo basta con impedir el salir al exterior, se debe de poseer todos los mundos posibles. El nombrar todo lo existente es también un poder sobre los territorios imaginarios, pues son estos los espacios más importantes para mantener el encierro.

El más allá es por ende la oposición a este paraíso único y privado, el más allá es lo profano y lo mortal, es la perdición. Mas allá de la lluvia, Utopía, Porvenir y Voluntad no recibían nada del exterior que no viniese de las manos de su padre Gabriel. En cambio, los hijos de Padre desconocen en su totalidad el exterior fuera de Cristina la “pareja” de Hijo, ellos creen en un mundo totalmente desencajado de lo real, en donde el fantasma de un hermano está al otro lado del muro y los peces surgen de las piscinas de manera espontánea.

Ambas obras se recrean en el juego del lenguaje y sus significados, en las acciones como metáforas, sinécdoques de la construcción social llevadas a el escenario del hogar. En El castillo de la pureza se intuye el trazo de José Emilio Pacheco sobre el guión, además de un largo juego sobre el fascismo y los excesos del positivismo. Se observa también una respuesta de aversión en Gabriel a la apertura sexual de la década de los sesentas y setentas que es el entorno invasivo que presiona al castillo, ese mal que viene de fuera pero que siempre ha habitado en él.

Pero lo “poético” se da sobre todo en el nombre cada uno de los hijos y en las acciones que se suceden a lo largo del film. Si no cómo explicar la escena en la que empapados en la lluvia Porvenir va haciendo círculos en el patio con un aro de metal, seguido muy de cerca por Voluntad, mientras Utopía sentada al centro, mira al cielo. Todos empapados, casi hipnóticos, disfrutando del poco ocio que existe para ellos.

Canino, por su lado crea poemas accidentales en la dislocación del lenguaje, uno que sólo se refiere a lo que existe tras las puertas cerradas, uno que es tangible, al alcance de la mano:

El mar es una butaca de cuero con brazos de madera

Autopista es un viento muy fuerte

Zombi es una flor pequeña y amarilla

Se apago el coño y la habitación quedó a oscuras

Mientras que El castillo de la pureza se centra en la deformación y locura de Gabriel ante la incalculable juventud, Canino se centra en la precaria y anormal intimidad que se da entre los hermanos, en como el bullicio de la adolescencia busca sus caminos hacia la luz, que devienen en deseos, en el deseo en si.

El caos en paradójicos paraísos-prisiones se da al tratar de controlar ese brote de cambio, esa inquietud inmanente sobre lo que habita en la distancias y la fuerza de la naturaleza, ya sea meramente “humana” o “salvaje”. Circunstancias que se creían controladas al prolongar la infantilización de los hijos, al perpetuar el dominio de los padres sobre el impulso sexual.

Pero el lenguaje muta y así también las personas, sus cuerpos. Es en ese momento cuando se crea las bases para imaginar la otredad, una suerte de reinvención del mito y de apropiación de los límites. Utopía ante el temor de las amenazas de Gabriel, lanza ingenuamente una carta hacia el exterior, lográndolo al usar su periodo como pretexto para salir del salón de instrucción. Ella lo hace creyendo en una suerte de justicia pendiente y exterior a los designios de su padre. Hija elabora su escape distorsionando los propias leyes imaginarias que aseguraban su encierro, es así que “Bruce” toma un nombre y una posición sacadas de cintas de VHS de Rocky y Bruce Lee y decide salir.

La vitalidad de la sexualidad, su desplante a través del cuerpo, rompe el esquema de poder en ambas películas. Es en un sentido más amplio la ruptura de un sistema al cual le es imposible seguir sublimando el placer sexual, y este impulso se vuelve contra las formas monótonas y anquilosadas de lo cotidiano. el poder involuntario del caos que implica la condición humana por encima de programas ideales, utópicos.


A manera de cierre cabe resaltar que la sexualidad femenina es esa gran ausente en ambos patriarcados. Tanto el despertar sexual, como la subordinación al padre descansan en una perspectiva en el que el placer masculino es el único permitido dentro de la pureza, siendo la mujer víctima y proveedora de los desvaríos masculinos. Pero que esto no deje de lado la complicidad de ambas esposas, ambas modeladoras de los mitos, sustentos de la esperanza que permiten el subyugo.

Habría que preguntarnos hacia el final, qué pesadillas se esconden en los matriarcados utópicos y como serían sus muros.

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