El periodista autónomo: la libertad de prensa reflejada en el cine

Autor: Leonardo Olmos

El periodista autónomo: la libertad de prensa reflejada en el cine

Parecería lejano pensar que hoy, 3 de mayo de 2019, conmemoramos el Día de la Libertad de Prensa a 28 años de que la Asamblea General de las Naciones Unidas lo proclamara de manera global, pero habría que reflexionar sobre lo poco que en realidad se ha avanzado en términos de verdadera autonomía que puedan ejercer los periodistas y sobre la cantidad de escollos a los que la labor de investigación y difusión política y cultural se enfrentan día con día.

No hace mucho tiempo, el presidente Miguel Alemán instituía dicho día en México, allá por 1951, sólo para que al paso de las administraciones la relación del periodismo con el poder se fracturara bajo lemas de oposición violenta y corrupción arraigada. Para las dolorosas estadísticas, a finales del 2018 México ocupó el segundo lugar de países con violencia hacia periodistas. Número que más que provocar vergüenza en escenarios internacionales, nos aterra e inquieta. El objetivo, la mayoría de las veces, es el de silenciar y mantener a los fuertes opositores a raya, además de que sirvan de ejemplo para los otros. La solución, siempre, se relega a respuestas fútiles que responsabilizan al crimen callejero de asesinatos a todas luces políticos. Y mientras tanto, el ciudadano común teme, expectante de que los noticieros vengan con malas nuevas.

El cine, por supuesto, siendo un medio que con el paso de los años ha encontrado independencia para contar historias de vastas posibilidades, desde cuentos fantásticos hasta relatos personales, también se ha formado de una personalidad crítica y socialmente responsable que a través de los distintos formatos crea narrativas objetivas sobre las problemáticas que nos envuelven, empujando al espectador a dialogar con lo presentado en pantalla para componer un pensamiento que expanda el mero placer artístico a la intelectualización del subtexto.

Desde el género del thriller político con importantes clásicos del cine moderno como Todos los hombres del presidente (Estados Unidos, 1977) de Alan J. Pakula, el controvertido trabajo documental Fahrenheit 9/11 (Estados Unidos, 2004) de Michael Moore, hasta la sátira política a la que se aventuró Charles Chaplin con El gran dictador (Estados Unidos, 1941); el cine se ha dejado nutrir tanto por los elementos formales como por las posibilidades narrativas para complejizar el tratamiento que se le da a relatos que han servido para repensar nuestra propia historia, sacándola de los libros de texto para diseccionarla con nuestras manos en pos de una lectura que se torne en juicios éticos y humanos.

Finalmente el periodismo se rige de su autonomía para presentar los hechos, se basa en la interpretación que se le dé a una investigación objetiva, se sustenta no solamente en la lectura de su público, sino en los acontecimientos que se desencadenen a partir de ello. En cine, eso se eleva al tener un material audiovisual que represente visiones del mundo que choquen con lo previamente estipulado.

En México las inquietudes son otras: en un país en el que se matan a profesionales del oficio por el simple hecho de hacer su trabajo, por supuesto que las necesidades de los cineastas que quieren contar sus historias, cambian. Claro, existen las sátiras, las burlas grotescas que se mofan de la trivialidad política como el cine que ha hecho Luis Estrada con La ley de Herodes (México, 1999) y La dictadura perfecta (México, 2014), aunque incluso en esos filmes existe un sentimiento de alerta, el importante trabajo de la prensa se expone con hechos que han marcado dolorosamente el colectivo nacional, desde la incipiente guerra contra el narcotráfico, la alongada red de pederastas en el poder, el problema migratorio y demás tribulaciones que afectan el sentir social.

Así es como entran los realizadores mexicanos, al marcar distancia con la ficción para rendir respeto hacia la realidad por más cruel que ésta sea. El documental se convierte de esta manera en el vehículo de protesta y rendición de cuentas, donde personas del gremio artístico se hermanan con el periodista aterrado por su propia vida, pero aun impaciente por poner sobre papel hechos que deben ser del conocimiento público. Desde Los demonios del Edén (México, 2007) de Alejandra Islas Caro, donde retoma el libro homónimo de la periodista Lydia Cacho sobre la investigación de una importante red de pornografía infantil para seguir a la investigadora durante el proceso de confrontación con empresarios poderosos que buscan desprestigiar su trabajo de años; o en Javier Sicilia, en la soledad del otro (México, 2013) de Luisa Riley, donde se da seguimiento a la vida del periodista Sicilia y se reflexiona sobre los efectos de la guerra contra las drogas en nuestro país; sin olvidar, por supuesto, el trabajo de Everardo González en El Paso (México, 2015), donde se retrata a periodistas en el limbo migratorio de la solicitud de asilo político en los Estados Unidos de América en su búsqueda por un refugio después de ser amenazados por criminales dentro y fuera del poder.

El quehacer periodístico requiere ser tomado en cuenta como un oficio de alto calibre, de importancia social infalible. El periodista se convierte en los ojos del pueblo. Se convierte en un ser invisible que sacrifica el reconocimiento para dar paso a lo verdaderamente relevante: el hecho, la víctima, la autoridad indiferente y la sociedad atosigada. En estos tiempos, habría que hermanar aún más al cine con la prensa, ambos medios de comunicación que dirigen siempre su caso a un lector o a un espectador.

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