El surrealismo en el séptimo arte

Autor: Bianca Ashanti

El surrealismo en el séptimo arte

"Mi hambre dará vueltas como un diamante demasiado tallado 

 Trenzará los cabellos de su hijo el fuego 

 Silencio y vida 

Pero los nombres de los amantes se olvidarán 

Como la adónica gota de sangre 

En la luz enloquecida 

Mañana engañarás a tu propia juventud 

A tu gran juventud luciérnaga"

André Breton 


Fue hace más de un siglo que el mundo vio nacer a una de las más grandes figuras del ámbito artístico: Leonora Carrington. Aquella inglesa, que más tarde se nacionalizaría como mexican, que transgredió las normas de la época y vivió bajo la bandera del arte, un arte rebelde que en congruencia casi poética con su vida se basaba en quebrantar los preceptos impuestos de una realidad obligada –y para muchos artistas, insuficiente–.

Esta sería la razón que llevaría a Leonora a pintar una forma de ver la vida que se basaba en lo irreal y lo imaginario, ambos puntos clave de la corriente artística a la que pertenecería hasta el día de su muerte: el surrealismo. La necesidad de crear una realidad diferente, mágica, llena de misticismo, onirismo e imaginación que invadiría a las artes en más de un aspecto y trascendería como una de las corrientes más apreciadas por su público.

Resulta entonces valido, e indispensable, hablar del impacto de esta corriente en el mundo cinematográfico, que ya de por sí se ha nutrido toda la vida de la imaginación y la posibilidad de construir mundos diferentes. El desprecio a lo real y monótono de la vida diaria se ve reflejado en la filmografía de un sinfín de directores que usarían el imaginario colectivo como herramienta para forjarse un renombre.

Tal es el caso del reconocido director Luis Buñuel, quien en 1929 se consagraría en el séptimo arte por su excéntrica colaboración con Salvador Dalí en el cortometraje Un perro andaluz (Francia, 1929), mismo que resultaría ser uno de los más transgresores e innovadores de su época y que marcaría la pauta del resto de su filmografía, la cual se debate siempre entre lo real y lo imaginario, que cuestiona el mundo onírico y que satiriza la moral religiosa.

En el caso de Un perro andaluz, que se constituye mediante dos sueños utilizados como medio para representar el ciclo de una pareja, la crítica social parece mantenerse al límite –quizá por ser uno de los primeros trabajos en donde el cineasta apostaba más a la técnica que al argumento–, esto sufre un completo cambio en sus posteriores cintas, como: El ángel exterminador (México, 1962) en donde se ofrece una clara oposición a la moral burguesa.

Bajo la idea de una fuerza superior que lleva al límite las conductas impuestas socialmente y muestra lo vulnerable que resultan las normas aceptadas, el filme lanza un mensaje sobre la naturaleza de la humanidad y lo absurdo del comportamiento humano. Misma línea que sigue en Simón del desierto (México, 1965), largometraje con tintes de comedia que cuenta la historia de Simón, un hombre que ha abandonado todo tipo de placer mundano para servir a Dios. El filme critica la absurda moral eclesiástica, recordándonos mediante la narrativa inocente y burlesca a lo que podría ser una pastorela de niños.

Ambas películas escapan del mundo de los sueños y manejan una realidad poco verosímil pero muy pertinente para tejer analogías con gran peso socio-cultural, en una muy particular simbiosis entre lo verdadero y lo ficticio. Es decir, se utiliza la imaginación y lo irracional como medio para criticar una realidad palpable y –en su mayoría– poco deseable. Es esta razón lo que hace que los filmes surrealistas siempre toquen temas fundamentales como: el amor, la paternidad, la religión y el suicidio.

Lo anterior lo podemos apreciar claramente en la ópera prima de José Pedro Lopes titulada El bosque de las almas perdidas (Portugal, 2017), donde se pone sobre la mesa una trama –un poco explotada y romantizada en los últimos años– en dónde el suicidio se ve coloreado por la poesía de la naturaleza. Al mismo tiempo que cuestiona el verdadero rol de la paternidad.

La historia se centra en dos personajes opuestos –por la edad y, consecuentemente, por la forma de pensar– que se encuentran en un bosque cuando están a punto de suicidarse y que forjan una espontánea y extraña amistad que en un revelador plow twist nos revela dos cosas: la primera es la culpa, una característica intrínseca de la humanidad como motor de sus acciones; la segunda, la perspectiva que se tiene de la muerte como algo externo incluso cuando ésta es elegida –mediante el suicidio–.

El bosque de las almas perdidas es una crítica muy pertinente de la posmodernidad, en dónde el relampagueo de la caótica realidad ha llevado a todos a cuestionarse la valía de la vida. Y, por ende, a mostrar a la muerte como un proceso de decadencia que invade todos los factores humanos como lo son: la familia, el amor y los amigos. Estas fracciones de la vida humana que son representadas siempre como un daño colateral resultan ser, también, epítome del problema. El cine surrealista ha creado historias a partir de esta premisa. La paternidad fallida y el sistema patriarcal que perjudica a la comunidad son puestas en pantalla grande por uno de los canónicos directores de la modernidad: Alejandro Jodorowsky en La danza de la realidad (ChileFranciaMéxico, 2013), película en donde el director chileno permea su vida personal al mismo tiempo que enjuicia la construcción “natural” de la familia. Un padre autoritario que no puede flaquear, una madre sumisa que cae en la locura y un hijo, irremediablemente afectado, que lucha por encontrar su lugar en el mundo.

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