Emilio "El Indio" Fernández: un mundo desgarrado

Autor: Abraham Villa Figueroa

Emilio "El Indio" Fernández: un mundo desgarrado

Si la época de oro del cine mexicano es una suerte de mito fundacional, Emilio "El Indio" Fernández es una de sus leyendas imprescindibles. Su figura y su carácter se confunden con el arquetipo del hombre violento que se vale de su fuerza para ordenar el mundo a su alrededor, encauzar la historia y defender los principios de la virilidad y el honor (que son, para él, los más importantes).

Hijo de la Revolución Mexicana, Emilio Fernández tuvo una gran capacidad para inventar cosmovisiones completas, escenarios cerrados que defienden una lógica interior: sus películas son mundos; o más bien, variaciones del mismo mundo: México, ese país que tanto se jactaba de haber inventado.

Y es que detrás de los gritos desgarradores de las mujeres sufridoras y de los hombres agresivos, más allá de los paisajes espectaculares y el folclor romantizado, Emilio Fernández comprendió que el cine no sólo sirve para reafirmar un imaginario cultural sino también para disponer de él y rehacerlo. 

La falta de originalidad de sus intrigas se somete a un estilo cuya finalidad principal es depurar las oposiciones y los enfrentamientos entre los personajes para extraer una lógica de la fuerza. Su puesta en escena dibuja un panorama donde la violencia es la amalgama fundamental del mundo.

La serie de penalidades a las que Fernández somete a sus personajes los inserta en un escenario social desgarrado. Su triunfo o tragedia se determina como un escape del territorio donde impera la violencia primitiva. Ahí están los planos finales de Pueblerina (México, 1949) o Víctimas del pecado (México, 1951), donde los protagonistas por fin pueden alejarse del mundo -y de la película- que tan mal los ha tratado.

Lo que permite desarticular las redes de la violencia en un desenlace redentor es la presencia de un ideal: el honor, la integridad, la justicia social revolucionaria, el amor. Así, la brutalidad cruel del mundo se justifica en una reafirmación negativa del valor de ciertos ideales.

Si bien, en los momentos más álgidos de su carrera, el apego romántico a un imaginario nacionalista proveyó de ideales a sus películas, al final de su carrera estos ideales estaban gastados o eran decididamente contradictorios. 

En La choca (México, 1974), prácticamente ya no hay ideales. Los personajes se torturan unos a otros en un circo cinematográfico que se regodea en una crueldad absurda y muy divertida. Los mejores rasgos estilísticos de Fernández no perdieron filo; ni el campo-contracampo, ni el montaje desgarbado, ni los planos generales carecen de energía, pero el mundo ha cambiado: ya no hay personajes de integridad consistente. Nadie es inocente. 

Esto hace evidente el filón crítico y actual que se puede extraer de la obra de Fernández más allá de su fervor oficialista: supo ver que la violencia era el fondo necesario desde donde se fundamentaban los ideales nacionalistas. 

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