En el valle de las sombras: el onirismo evasivo de Jonas Matzow

Autor: Bianca Ashanti

En el valle de las sombras: el onirismo evasivo de Jonas Matzow

Tambaleándose entre lo real y lo onírico, Jonas Matzow construye en su primer largometraje una historia que gira en torno a un pequeño niño llamado Aslak y un viaje —psicológico y físico— para intentar entender su entorno y la serie de conflictos entre los cuales debe desenvolverse. En el valle de las sombras (Noruega, 2017) se plantea como un filme de contrastes, donde la cámara guía al espectador por una serie de paisajes que parecen sacados de un sueño místico. El fotógrafo Marius Matzow compone en cada una de las escenas una oposición poética que sirve no sólo como un agradable descanso visual, sino también como un puente metafórico para entender la película.

La analogía visual que ofrece esta dupla de hermanos resulta uno de los mayores aciertos del filme, lo que convierte la trama en una realidad inmersiva, lenta y misteriosa. Al jugar con el espectador, el cineasta noruego implanta en el público una pregunta que lo perseguirá durante toda la cinta: ¿dónde se transgrede la barrera de la realidad?

De esta manera todo recae en lo que no se muestra y permite trabajar a la imaginación. No solo vemos una historia de niños que creen en hombres lobos, también vemos un entorno conflictivo que se fractura, la tranquilidad de un pueblo que se ve mermada por un “monstruo” que despedaza ovejas, el misterio de un adolescente fuera de control —al que el espectador y el protagonista nunca logran conocer— y el viaje introspectivo de un niño que no termina por entender lo que ocurre con su vida.

El filme, que en ocasiones pareciera desplazarse peligrosamente a lo contemplativo, logra recuperarse gracias a las rupturas en la trama que se acompañan siempre, y casi magistralmente, de rupturas visuales en una danza estética que sorprende por su congruencia argumental. Es gracias a esto que el público entiende lo que sucede sin necesidad de que se explique hoscamente. La visita de la policía, la muerte del hermano desconocido y la pérdida de su perro en el bosque logran llevar al protagonista al límite de la confusión y lo obligan a buscar por su cuenta las respuestas que parece que nadie quiere darle.

Es entonces que el fotógrafo Matzow presenta los contrastes visuales más icónicos del filme y levanta frente a nosotros un impetuoso bosque lleno de niebla que rompe con la realidad en el largometraje y nos invita a un mundo onírico donde todo es posible. La verosimilitud pierde importancia y nos dejamos llevar por la corriente que guía al moribundo pequeño hasta una casa abandonada donde encontrará las respuestas que estaba buscando, personificadas en un misterioso hombre que le enseñará una gran lección.

Conformado de un sinfín de elementos míticos-mágicos, el largometraje presenta un cuento donde la valentía de nuestro héroe se ve recompensada al encontrar el equilibrio que se había perdido en su hogar y en su vida. La madre, a la que hasta entonces conocíamos desde la distancia, regresa para ejercer su papel como protectora; el audaz perro y compañero de aventuras vuelve a los brazos de su amoroso dueño; y el pequeño y asustado niño que temía a los hombres lobo y bosques encantados se sumerge en la inmensa oscuridad de una nueva aventura para demostrar la evolución perceptiva que le ha dejado su encuentro onírico.

El cierre de Matzow con una hermosa toma de la luna llena y un estremecedor aullido hace las paces con sus personajes confrontándolos con un peligroso mundo para demostrarles que es mejor hacer frente a sus propios monstruos y dejar de temerle a lo desconocido.

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