Felipe Cazals: cronista del derrumbe

Autor: Sergio Huidobro

Felipe Cazals: cronista del derrumbe

Felipe Cazals salió a rodar su ópera prima a los treinta años de edad, en 1968. La estrenó unos meses después en un país distinto en el que para seguir caminando había que barrer los banderines olímpicos y los casquillos de Tlatelolco. Pupilo directo de las nuevas olas –su formación no pasó por el recién inaugurado CUEC, sino por el IDHEC de su Francia natal y por la Cinemateca parisina–, Cazals aprendió pronto y bien a fabricar un cine que fuera caja de resonancia para tres tiempos –pasado, presente, futuro– de una sociedad en plena convulsión. Siempre en el centro de la fractura, Cazals es un cronista de derrumbes de todo orden: sociales, íntimos, morales.

El cine de Cazals es uno de los saldos más ventajosos de aquella era dorada donde la producción independiente hizo equipo con las instituciones del Estado, y por una vez algo bueno salió de ello. Con base en el modelo eficaz pero efímero de Cinematográfica Marte –Los caifanes (1966), Patsy, mi amor (1969) –, las casas productoras jóvenes como Marco Polo, Escorpión, Directores Asociados S.A., Cooperativa Mixcoac o Alpha Centauri finalmente derrumbaron las puertas apolilladas del antiguo sindicato fílmico (el S.T.P.C.), cuya rigidez jerárquica recordaba tanto a las cúpulas soviéticas como a El esqueleto de la señora Morales, aunque fuera por el olor. 

La generación de Cazals, compartida por Arturo Ripstein, Sergio Olhovich, Paul Leduc o Gonzalo Martínez, fue la primera que debutó detrás de una cámara habiendo estudiado cine después de una formación académica y no después del escalafón burocrático que suponían las grillas sindicales. La decisión de formar grupos creativos como Cine Independiente, Cine 70, Nuevo Cine o la productora Alpha Centauri fue consecuencia natural del impulso por germinar en equipo cines de ideas, de propuesta, frecuentemente críticos, quebradores de tabúes cada vez más arriesgados. Fue la última de ellas, la Alpha, la que acogió la mayor parte de la obra inicial de Cazals.

Aunque el núcleo duro de la filmografía del director franco-mexicano se forjó en ese periodo milagroso en que, a dúo con Conacine y Conacite, dirigió El apando (1975), Las poquianchis (1976) y Canoa (1976) en menos de dos años –y que, si me preguntan a mí, se completa con la magnífica Los motivos de Luz (1985)–, FilminLatino incorpora a su catálogo cuatro títulos menos recurrentes en las conversaciones sobre Cazals, pero que tienen un alto interés por sí mismas.

El año de la peste (1979), atípica por donde se le vea, es la adaptación libre de la crónica clásica de Daniel Defoe en manos de Gabriel García Márquez, quien recibió el Ariel a mejor guión –junto a Juan Arturo Brennan– por este cuento apocalíptico financiado por Conacita y dirigido por Cazals, en donde la ciudad de México sucumbe lentamente frente a una pandemia desconocida. Íntima y colectiva al mismo tiempo, a El año de la peste no le han alcanzado sus tres Arieles (mejor película y director, además del obtenido por "Gabo") para ser recordada a la par de sus hermanas mayores, pero amerita rescatarla del limbo.

Quizá Bajo la metralla (1983) ha tenido mejor suerte gracias a su rescate en DVD, pero verla nuevamente permite apreciar el electrizante trabajo actoral de todo su elenco, un auténtico crema y nata del cine sociopolítico de aquel momento: María Rojo, Humberto Zurita, Alejandro Camacho, Manuel Ojeda, Salvador Sánchez y José Carlos Ruíz pueden contar Bajo la metralla como uno de los puntos altos de sus respectivos talentos, y verlos a todos juntos es una oferta que, como en el mejor cine criminal, no se puede rechazar. Una curiosidad para los entusiastas del horror (en serio) es la casona en donde tiene lugar casi toda la cinta, pues es la misma utilizada por Richard Fleischer y Dino de Laurentiis en Amityville III: The Horror (1983), producida en México apenas unas semanas antes que la de Cazals.

Por último, el género más recurrente en Cazals: el histórico. Ya su tercera película, Emiliano Zapata (1970) camina sobre ese terreno y desde entonces, de Aquellos años (1973) o La Güera Rodríguez (1977) hasta Chicogrande (2010) o Ciudadano Buelna (2013), el examen de tótems míticos y momentos álgidos de la historia mexicana son marca de casa en el cine de Cazals. El tres de copas (1986) y Kino (1992) son atípicas, a pesar de todo: la primera es un western de alto voltaje erótico con ecos mitológicos en el tema de dos hermanos enfrentados a muerte por culpa del deseo hacia una femme fatale. La segunda, la más débil de las cuatro pero aún interesante, es una curiosa revisión de la figura del padre Franz Kühn (Kino) y su odisea en los vastos desiertos del noroeste mexicano, allá a donde uno va a buscar a Dios, a la muerte o la locura. A su manera, el padre Kino encontró a los tres: el meollo es distinguirlos. Cazals plantea esta disyuntiva con buena mano, apoyado en un notable trabajo de Enrique Rocha.

@SergioHuidobro (1988), vive en la Ciudad de México. Formó parte del jurado joven de la Semana de la Crítica y del Berlinale Talents Press.

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