Jean-Luc Godard: pensar con imágenes

Autor: Abraham Villa Figueroa

Jean-Luc Godard: pensar con imágenes

Hay pocos directores que marcaron un antes y un después en la historia del cine. Se puede afirmar con gran certeza que Jean-Luc Godard es uno de ellos. Su nombre ya se pronuncia con la misma veneración que el de Sergei Eisenstein, Roberto Rossellini o Charles Chaplin.

Formado en la cinemateca parisina de Henri Langlois, Godard comenzó a escribir crítica de cine en los años cincuenta del siglo pasado bajo la influencia y cobijo de André Bazin, fundador de Cahiers du Cinema.

Al igual que otros jóvenes críticos de esa revista como François Truffaut, Jacques Rivette y Claude Chabrol, en Godard el deseo de dirigir desplazó a la escritura como forma principal de relacionarse con el cine. Después de hacer algunos cortometrajes, Godard consolidó su primer largometraje: Sin aliento (Francia, 1960).

Protagonizada por Jean-Paul Belmondo, Sin aliento sigue la huida de Michel después de que roba un auto y asesina a dos policías. Mientras escapa de la autoridad se reúne con Patricia, un interés amoroso interpretado por Jean Seberg. La trama es anecdótica y no hay demasiadas preocupaciones narrativas. El gran valor de este filme lo proveen las novedosas ideas que Godard lleva a cabo en el montaje y la aparición de motivos temáticos que serán recurrentes en su obra posterior.

André Bazin, un crítico cuyos escritos son fundamentales para pensar el cine, defendió el neorrealismo italiano por su manera de mirar sostenidamente la realidad. A diferencia de Eisenstein, quien veía en los cortes del montaje la fuerza más propia y poderosa del cine, Bazin consideraba que la capacidad de registrar la realidad en su ambigüedad era más relevante. Por ello, los planos largos, el montaje somero y la profundidad de campo lo entusiasmaban.

Dada la preeminencia que Bazin tenía el cine francés de la época y en el grupo de Cahiers, el enérgico trabajo sobre el montaje y sus posibilidades que Godard llevó a cabo en Sin aliento es un signo de rebeldía e inconformidad. Desde su primer película, Godard afirmó un espíritu independiente y anárquico.

En Sin aliento, hay cortes en planos que no registran nada que suscite dicho corte. Así, el montaje defiende su propio ritmo y sus propias ideas. En la expresividad de los cortes, Godard encontró una forma propia de pensar el tiempo, la continuidad, los paralelismos, el espacio y la acción.

Después de 1968, una fecha que conmocionó a la sociedad francesa debido a las revueltas obreras y estudiantiles, Godard asumió una visión más rigurosa de su quehacer cinematográfico. Despojándose de todo resabio de narratividad, realizó decenas de películas donde trabaja la capacidad cinematográfica de articular en una sola experiencia estética con elementos ajenos.

Su más reciente película, El libro de las imágenes, depura esta capacidad de síntesis. Ahí donde en otro cineasta menos talentoso asistiríamos a la mera yuxtaposición de imágenes, mientras que Godard piensa visualmente. La sucesión de imágenes que no se desenvuelven con obviedad es una invitación de Godard a ver aquello que las relaciona, es decir, a pensar con él. No es una operación muy distinta a la de leer un libro, donde esperamos que el autor se sirva de un lenguaje que conocemos para hablarnos de algo que no sabíamos de antemano. 

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