Kieslowski y los colores de la libertad, la igualdad y la fraternidad

Autor: Ricardo Navarijo

Kieslowski y los colores de la libertad, la igualdad y la fraternidad

Uno de los más importantes directores del siglo XX es sin duda Krzysztof Kieslowski. El realizador nació en Varsovia en 1941, autor de prestigiosas películas en su país. Sufrió —como mucho otros artistas del momento— la censura en algunos de sus trabajos fílmicos por parte de las autoridades debido al trasfondo crítico reflejado en ellos. En 1989 puso en pie Dekalog (Polonia), una producción de diez mediometrajes para televisión haciendo notar toda la trascendencia, complejidad moral y emocional del ser humano, que arrojaron como resultado un monumento cinematográfico. Dos de los episodios se estrenaron en cines con un montaje más largo bajo los títulos No matarás (Polonia, 1988) y No amarás (Polonia, 1988) y así recogieron alabanzas y galardones en Cannes, San Sebastián y los Premios Europeos de Cine.

Es al salir de de Polonia y radicar en Francia, donde nacerán sus trabajos más emblemáticos y ambiciosos: La doble vida de Verónica (Francia, 1991), donde muestra las dificultades que le acomplejaban, y recrea la vida de las personas que buscan pertenecer a un lugar. A la edad de 55 años y con gran ímpetu se dispuso a filmar el que probablemente sea su trabajo más recordado, Tres colores: Azul, Blanco, Rojo. (Francia, 1993-1994).

Al pasar de los años muchas teorías han surgido por el origen de los nombres; su interpretación social y política, incluso poética. Una cosa es clara: la trilogía esta basada respectivamente en la Liberté, Egalité y Fraternité, los tres pilares del lema de la República Francesa y los estados occidentales modernos.

La primer entrega es Azul (Francia, 1993), protagonizada por Juliette Binoche (Una bella luz interior, 2017), quien muestra una de las más entrañables actuaciones en su haber artístico. La historia cuenta la tragedia de Julie, quien pierde a su marido y a su hija de cinco años en un accidente de coche. Kieslowski retrata de manera brillante el modo en que el personaje armoniza el peso del vacío. El momento catártico al que se enfrenta Julie la dirige entonces a alcanzar una libertad emocional desprendiéndose de todo vínculo humano, pero acaba descubriendo que esta aspiración es un imposible.

En Blanco (Francia 1994), la segunda entrega del director polaco, se expone la idea de igualdad. La historia nos lleva a conocer los infortunios de Karol (Zbigniew Zamachowski), un peluquero polaco residente en París —su condición de extranjero le acarrea una constante desigualdad—, quien es abandonado y traicionado por su esposa francesa Dominique, interpretada por Julie Delpy (Lolo, el hijo de mi novia, 2015). Pobre y humillado regresa a su país, donde logra enriquecerse por medios no muy lícitos. Una de las criticas que hace Kieslowski en esta película es sobre las relaciones entre el Oriente y Occidente europeo, y sobre las funestas consecuencias de la desigualdad entre ambos bloques. Resultado concreto del complejo escenario creado a partir de la caída del Muro de Berlín. Karol tiene un propósito únicamente: vengarse de la mujer que lo despreció.

Por fin, Rojo (Francia, 1994) es la historia final de la trilogía, algo así como el epílogo, el remate liberador por el que respira toda la densidad de las tres historias. Es la extraña vida de Valentine interpretada por Irène Jacob —quien ya había entregado una actuación perfecta en La doble vida de Verónica—una joven modelo con problemas en su relación. El accidente con un perro la conduce a la casa de un juez retirado (Jean Louis Trintignant), quien espía las conversaciones telefónicas de sus vecinos. Entre los dos nace un sentimiento que va más allá de la amistad o el amor, y que bien podría ser fraternidad. La claridad de esta película radica sobre la actitud ante la fragilidad del presente y sobre la resolución de lo soñado.

El gran talento de Kieslowski demuestra que la vida no se puede controlar realmente, ni sus consecuencias. Nos habla del azar tanto como de un pliegue del destino, una circunstancia: por ejemplo, una anciana tiene problemas para introducir una botella de vidrio en el contenedor de basura, en las tres películas, y en cada una de ellas los protagonistas reaccionan de distintas maneras. Es así como determina la voz y el punto de vista sobre los temas que trata. En Azul, la anciana no alcanza la boca del contenedor y Julie ni siquiera lo nota; la libertad en ocasiones implica enfrentarse a los propios obstáculos en la más absoluta soledad. En Blanco la mujer logra colocar la botella en la ranura del contenedor, mientras Karol le observa siguiendo la idea de la igualdad como un concepto mal entendido donde la solidaridad está ausente. En Rojo, Valentine ayuda a la anciana, que logra al fin su propósito, referencia a la fraternidad como motor para la esperanza.

No existe una forma estricta para ver la trilogía —hablando del orden cómo fueron concebidas o el orden la bandera francesa— aunque Kieslowski dijo alguna vez que apenas alteraba lo esencial el hecho de verlas en desorden.

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