La diversificación de las madres en nuestro cine

Autor: Carlos Ramón Morales

La diversificación de las madres en nuestro cine

Desde que Sara García lanzó aquel fulminante discurso sobre su emancipación como esposa y madre en ¿Por qué nací mujer? (Rogelio González, 1970), las madres de los cines mexicanos luchan y se debaten por liberarse de los estereotipos de la abnegación y el sacrificio. Ahora hay muchas mujeres que pueden ser en la cinematografía, incluidas aquellas que cuidan y crían descendencias, propias o asumidas. Esta diversidad se prodiga en historias de todo tono, adversidad y posibilidades.

Naufragio (México, 1978)

Amparo (Ana Ofelia Murguía) y su joven amiga Leticia (María Rojo) comparten departamento, esperan el regreso de un hijo casi mitológico, marinero que ha protagonizado enormes hazañas, quien restauraría sus vidas a medias. Transitan por una cotidianidad marcada por las intrigas y el acoso en una oficina burocrática, mientras el recuerdo y las ansias huelen a mar. La madre no sabe que vive mientras espera. La amiga comparte este limbo y acaso desconocen el valor de su soledad y su autonomía. Película basada en un relato de Joseph Conrad.

Bruma (México, Alemania, 2017)

Martina (Sofía Espinosa) se entera que está embarazada y se dispara su necesidad de viajar a Alemania para conocer a su padre. La historia de Bruma se cuenta desde la improvisación y los hallazgos. El viaje de Martina parece ir en pos de sus orígenes cuando en realidad encara el conflictivo de la vida futura. ¿Procrear o perseverar en una vida en clave solitaria y sin aparente compromiso? La confrontación va desde el padre que la ha abandonado hasta el hijo que no sabe si quiere tener. Bruma es el viaje físico pero también el viaje a través de la estirpe.

Retrato de una mujer casada (México, 1979)

Irene (Alma Muriel) es esposa fastidiada que estudia periodismo porque esto le permitirá aspirar a algo más. Su marido Guillermo (Gonzalo Vega) la disfruta como esposa trofeo y asume sus intentos universitarios como parte del estuche de monerías que cree que debe ser toda mujer. Irene tiene frescas las consignas de la liberación femenina de la década pasada pero vive una realidad de mansedumbre y amenaza ante violencia conyugal. Es la segunda película de la trilogía de la mujer de Alberto Bojórquez, que inició con Los meses y los días (1970) y culminó con Los años de Greta (1992).

Los indolentes (México, 1977)

Don Claudio, patriarca mítico, flota alrededor de esta historia, pero la ejecutan y llevan a su fatalidad tres madres: la abuela Amarinda (Isabela Corona) vive entre rituales del esposo muerto; la madre Inés (Rita Macedo) añora el regreso del prestigio; y la costurera Josefina (Raquel Olmedo), quien tiene una hija pequeña. Rosendo (Miguel Ángel Ferriz) hereda estas fortalezas decadentes. Los indolentes muestra a la sociedad porfirista caída en desgracia pero también personalidades devastadas y acomodaticias, incapaces de crearse un destino propio. Demasiados destinos preceden el impulso de ser uno, ser solo, intentar la vida.

Tamara y la Catarina (México, 2016)

En ocasiones la maternidad es un hallazgo y una asunción. Tamara (Ángeles Cruz), mujer con discapacidad, encuentra una bebé en la calle, la lleva a su casa y la adopta; la llama Catarina. Pero además doña Meche (Angelina Peláez) las adopta a ambas. La inusual familia no se cifra en la sangre, sino en el cariño, el cuidado y la solidaridad. Mujeres solitarias asumen la maternidad, crean una familia y una comunidad que tiene su fundamento en el cariño.

Mariana, Mariana (México, 1986)

La novela de José Emilio Pacheco, Las batallas en el desierto, llevada al cine a finales de los ochenta, confronta al público con una madre de aura sensual, en quien se cifra el espíritu de lo nuevo. Mariana (Elizabeth Aguilar) tiene la elegancia y la belleza que enamoran al amigo de su hijo, en tanto representa la libertad y la ligereza de la vida moderna, que hace contrapunto con la madre autoritaria (Saby Kamalich) de Carlitos (Luis Mario Quiroz). Una historia que puede revisarse desde la nostalgia de la infancia pero también desde una intuición: el mundo es más grande que el universo religioso, encorsetado en formas en el que vivieron los niños de los años cuarenta.

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