La fisura del arte: Witkin y Witkin, de Trisha Ziff

Autor: Amelia González

La fisura del arte: Witkin y Witkin, de Trisha Ziff

En “El ojo castaño de nuestro amor” Mircea Cărtărescu cuenta la historia de unos hermanos gemelos. Es un breve relato en el que se condensa con maestría la tristeza que implica perder a un hermano en trágicas circunstancias. Algo en este cuento asombra: la complejidad con que describe la historia de la simbiosis de estos hermanos. Pronto el relato nos advierte que uno de ellos muere. Todo se torna doloroso, pero súbitamente llega ese atisbo “luminoso” que nos hace pensar en las posibilidades que también surgen a través del dolor. No sé si Trisha Ziff conoce este cuento, pero después de ver su documental Witkin y Witkin, pensé en lo cercano que es su ángulo de visión con el de Cărtărescu. En ambos casos, sobresale ante nosotros una pregunta: ¿Qué papel puede desempeñar el arte en este complejo, y a la vez natural, proceso de separación humana?

Este documental cuenta la historia de los hermanos Jerome Witkin y Joel Peter Witkin y su separación. Los dos son artistas reconocidos. Witkin y Witkin articula su trama en elementos de aparente simplicidad: fotografías de archivo y confrontación de entrevistas directas. La directora, a lo largo del documental, crea un curioso entramado narrativo en el que la memoria marca los ritmos y las preguntas. A Trisha Ziff le interesa reconstruir el léxico familiar común de los hermanos Witkin; pero, al mismo tiempo, le importa destacar las insondables diferencias que los conforman. Esta dualidad en la perspectiva es una característica común en todo el relato.

Este documental surgió después de que Trisha Ziff fuera curadora de una exposición con el mismo nombre, en el 2016. La muestra tuvo lugar en el Foto Museo Cuatro Caminos, en la Ciudad de México. En aquella muestra, como ella misma ha contado, observó el relato común que brotaba de la obra de estos dos hermanos. Ella se preguntó qué había detrás de la separación definitiva y quiso indagar en el misterio de los Witkin. Muy pronto se dio cuenta de que convendría hacer un proyecto artístico con las preguntas que provienen de esta historia.

Esta película también una historia de vulnerabilidad. Ziff la cuenta mezclando dos elementos característicos en sus obras: serenidad consciente y humor melancólico. También desentraña el papel del arte en la (re)construcción de dos personas heridas. Ziff no quiere obtener respuestas concisas, más bien se inclina por el incesante surgimiento de preguntas. Además, en ningún momento juzga. Su perspectiva es siempre compasiva y compleja.

Como pudimos observar en otros de sus documentales, El hombre que vio demasiado o La maleta mexicana, para la directora es fundamental tener la capacidad de comprometerse con el otro. Este compromiso no solo se manifiesta en el cuidado de sus guiones, sino también en una poderosa capacidad filmográfica mimética. Ésta se expresa de formas diversas en sus obras, pero sobre todo se evidencia en un aspecto: la profunda comprensión que tiene del trabajo de los personajes a quienes retrata y la emulación que hace del mismo en el montaje de sus documentales. Por ejemplo, cuando retrata a Metinides, se inclina por usar una fotografía que, de algún modo, emule el trabajo de este fotógrafo mexicano; cuando retrata a los Witkin se inclina por un montaje saturado de elementos, en el que la asociación de imágenes sea determinante, tal y como sucede en la obra pictográfica de Jerome W. o en la obra fotográfica de Joel.

Witkin y Witkin sintetiza en buena medida los intereses personales de Ziff. Es un documental complejo sobre el dolor, la reparación de las heridas a través del arte, la dificultad para comunicarse con el otro y la aceptación de las despedidas. Es, asimismo, un trabajo sobre la memoria familiar. El largometraje nos cuestiona sobre otras posibilidades implícitas en el duelo. Vamos más allá del dolor y entendemos que el humor y la serenidad de las elecciones también son fisuras hacia múltiples realidades vitales. Al final del día, como insinúa Ziff, sin fisuras nunca hay arte.

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