La habitación como trinchera para la supervivencia

Autor: Bianca Ashanti

La habitación como trinchera para la supervivencia

Después de su estreno en el 2016, La habitación (México, 2016) llega al catálogo para demostrar que la comunidad de cineastas en México es mucho más fuerte unida. Con una producción que alberga ocho cortometrajes de reconocidos directores nacionales, el filme, cuyo guión fue escrito en su totalidad por María Diego Hernández, toma como base algunos de los conflictos históricos más importantes del país. Construyéndose a través de un puente metafórico que permite al espectador mirar la situación nacional mediante melodramas personales que representan la vida de toda una nación en tiempos de conflicto.

Conformada por un compendio de cortos, la producción mexicana —que nos hace recordar a grandes como Jorge Fons, Luis Alcoriza y Alberto Bojórquez con su participación en Fe, esperanza y caridad conjunta lo mejor del cine contemporáneo bajo la dirección de Carlos Carrera, Daniel Giménez Cacho, Carlos Bolado, Ernesto Contreras, Alfonso Pineda Ulloa, Alejandro Valle, Iván Ávila Dueñas y Natalia Beristáin.

En un recorrido histórico, que comienza con el porfiriato en El sueño de Carlos Carrera y termina con la representación del México actual y la ola de violencia por parte del narcotráfico en La evocación de Natalia Beristáin, los diversos directores desarrollan un discurso que se aleja de los nacionalismos forzados y las utopías vanagloriadas para mostrar la evolución de sus personajes que, sin importar el contexto histórico, luchan por sobrevivir a una realidad regida por la desigualdad, la opresión y la muerte.

Una simple y no pretenciosa clase de historia que permite recorrer las fracturas de un país traicionado donde el poder siempre es el factor determinante que se balancea de un lado a otro en tiempos de guerra. Diversas facetas de relevancia histórica llevadas a la pantalla grande con la simpleza de un retrato familiar que alberga detrás una interminable historia de tiranía y odio.

Como si de un libro se tratara, cada corto comprendido podría leerse como un capítulo que, a pesar de alejarse diametralmente de la narrativa inicial, siempre converge en el mismo punto. La fenomenología del poder en su máxima expresión desde la cual nos sumergimos en la epítome de la segmentación social. La violencia del extranjero sobre el nativo, sobre el trabajador, sobre su tierra y sobre su derecho a la vida.

Sin miedo a romper con los tabúes propios de la época, los cineastas de esta producción van de la xenofobia al homicidio, apropiándose de sus personajes desde una mirada horizontal que no pretende justificar, reprender o aplaudir cualquiera de sus acciones. Conformándose con mirar desde el particular mundo filtrado la serie de causas y consecuencias que llevan a un grupo de niños de la calle a matarse entre sí por la seguridad de un techo como sucede en La muerte de Iván Ávila Dueñas.

Bajo esta premisa es que se logra unificar el punto de partida de cada narrativa, que a su vez se desarrollan desde el abuso de poder para converger en un clímax realista y desalentador de la realidad mexicana donde con recursos propios del documental, contextualizan la situación actual como en La evocación de Natalia Beristáin y cimbran en el espectador un par de cuestionamientos en torno al paso de los años en esa vieja habitación que se construye y se reconstruye pero que parece seguir con los cimientos débiles y muchas historias sin final feliz entre sus grietas.

De esta manera se configura un cierre cíclico que finaliza su discurso al posicionar a la habitación como una trinchera de guerras personales desde la cual se lucha por sobrevivir. Las cuatro paredes en las que se desarrolla la trama se vuelven causa y consecuencia, se convierten en un refugio para las problemáticas de cada época y terminan por transgredir sus particularidades arquitectónicas para transformarse en un punto anacrónico de esperanza y resiliencia.

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