La masacre de Texas: el enfrentamiento social

Autor: Sharely Cuellar

La masacre de Texas: el enfrentamiento social

La confrontación entre los convencionalismos de la civilización estadounidense y la concepción que Tobe Hooper tuvo acerca de lo más despreciable en la humanidad convergen en lo onírico en su versión más aterradora: la pesadilla vívida que pretende ser realista. La masacre de Texas (Estados Unidos, 1974) es una representación de la decadencia social victoriosamente encarnada por una familia excéntrica que vive alejada de la urbe.

Sally (Marilyn Burns) y Franklin Hardesty (Paul A. Partain) son hermanos que emprenden un viaje hasta la zona rural de Texas, acompañados por sus amigos, para verificar que el cuerpo de su abuelo siga intacto luego de enterarse de que en la región se están profanando tumbas. La protagonista se enfrenta a la crudeza de estar alejada de su hogar, lo que la llevar a vivir una experiencia casi surreal. El terror la invade al ver los muebles confeccionados con partes cercenadas de otras personas y presenciar el espectáculo más repugnante y perverso de su vida: Leatherface acompañado de su retorcida familia están en la mesa del comedor con ella. Las risas incontrolables, los gritos, los huesos y la carne humana son muestra de que el mundo exterior no tiene la menor influencia en esa casa. La escena nos enfrenta a lo más oscuro de la humanidad con un tortuoso preámbulo hacia la muerte.

En el filme de Hooper, los problemas mentales de Leatherface solo funcionan como una justificación de sus impulsos y la exageración de sus emociones. El monstruo es un niño que gruñe, que se frustra al no poder conseguir lo que quiere y no titubea al blandir su motosierra: una extensión de su cuerpo que le proporciona seguridad y fuerza.

Casi de manera paralela, la demencia de Norman Bates, el anfitrión del Motel Bates en Psycho (Estados Unidos, 1960) de Alfred Hitchcock, le llevó a vestirse como su madre para dotarla de vida a través de sí mismo; y a pesar que Leatherface también es un personaje profundamente perturbado, el monstruo que Hooper creó fue una versión tan sádica que no solo actualizó al género de horror, sino que definió el slasher, subgénero que se caracteriza principalmente porque los persecutores asesinan a sus víctimas con objetos punzocortantes.

No hay intención de conciliarse con la moral en los largometrajes de Hitchcock y Hooper, la crueldad es la identidad de sus antagonistas, ellos eligieron cometer atrocidades de manera consciente; a diferencia del sonámbulo Cesare, en El gabinete del doctor Caligari  (Alemania, 1910) de Robert Wiene, quien era manipulado por el doctor para ejecutar sus malvados planes.

La máscara de piel putrefacta de Leatherface confeccionada con los rostros desollados de sus víctimas marcó a las siguientes generaciones de películas de horror. En muchas de ellas permanece aquel recurso de ocultar el verdadero rostro de esos personajes despiadados como sucedió con Michael Myers en Halloween (Estados Unidos, 1978) de John Carpenter, o Jason Voorhees en Viernes 13 (Estados Unidos, 1980) de Sean S. Cunningham. Esos monstruos aún tienen una gran influencia en el público porque detrás de esas máscaras podría estar cualquiera, son seres cercanos al anonimato de quienes sabemos poco o casi nada sobre su psicología. Disfrutan matar y no tienen miedo a las consecuencias de sus actos.

Las imperfecciones y carencias estéticas suman al carácter áspero de la película. El realizador Tobe Hooper creó atmósferas aterradoras y dejó un remanente de desconfianza hacia la humanidad, esa que podría encontrarse al cruzar la calle pero nos negamos a creer que esté ahí dispuesta a asesinarnos sin contemplaciones. Los norteamericanos se encontraban divididos durante el estreno de este largometraje, el fin de la Guerra de Vietnam se aproximaba y Hooper decidió revolucionar el cine de horror enfrentando y sometiendo a la despreocupada población que había decidido ignorar la profundidad de los problemas de su sociedad; el golpe de crudeza era proporcionado por una familia de dementes marginados. La piedad se convirtió en un concepto que se diluyó en el caos y la sangre al sonido de la motosierra.

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