La nueva ola francesa

Autor: Bianca Ashanti González Santos

La nueva ola francesa

Dentro de los referentes obligados en el ámbito cinematográfico siempre podremos encontrar a los grandes cineastas franceses. Desde sus inicios, en donde Georges Méliès nos ayudó a soñar con viajes al espacio, hasta las tramas futuristas de Luc Besson el cine francés ha estado presente en el colectivo social.

Pero al igual que en cualquier otra expresión artística, las características propias del contexto histórico repercuten y marcan la pauta en la creación cinematográfica. Resulta más que indispensable, entonces, hablar de los cambios sociales, políticos y económicos que marcaron la historia de los grandes realizadores del país europeo.

Entendamos entonces el contexto. Cuando la guerra ha terminado y la invasión ha repercutido directamente en la vida parisina, afectando la economía y dejando a la sociedad sumida en una crisis, el cine que durante años se utilizó como medio propagandístico intenta huir lo más lejos posible de los fines particulares de cualquier autor y se sitúa, cómodamente, en grandes obras literarias que llevan a la sociedad a ambientes románticos y poco comprometidos con el entorno. Lo que conocemos hoy como cine de qualité ("cine de calidad" en francés).

Pero para comprender la situación debemos vislumbrar todas las aristas y sumergirnos sin miedo en la historia de la nouvelle vague, o lo que conocemos también como la nueva ola francesa, fundada en 1959. Esa generación de grandes críticos (miembros de la revista francesa Cahiers du Cinéma)  que dejaron el papel y la tinta para tomar la cámara para romper los paradigmas que regían el mundo cinematográfico de su época. Aquello transgredió todas las normas impuestas e implantó en el séptimo arte la posibilidad de crear un cine de autor.

Desafiemos entonces a Jean-Luc Godard y comencemos por el principio. Como la historia del arte siempre nos ha enseñado: las reglas nacieron para romperse. Así es como han surgido las grandes corrientes vanguardistas que alimentan hoy por hoy a nuestro mundo. ¿Qué sería del expresionismo, del fauvismo o del abstractismo sin esas escuelas canónicas que limitaron por años la producción? El arte es en sí un acto de rebeldía.

Los críticos encontraban en el cine de la época demasiadas normas, lo que representaba una limitan te para la libertad que el autor debía poseer. Fue entonces que los jóvenes escritores decidieron romper con la barrera que limita al teórico del realizador. Con cámara en mano, los nuevos cineastas se atrevieron a filmar en exteriores, con luces naturales y guiones que se podían improvisar y ajustar en el momento. La rectitud clásica del cine de qualité había muerto.

Aunque las nuevas tendencias en la filmación resultaban ser impactantes para los espectadores que caían rendidos ante la mirada vouyerista de Jean-Luc Godard en Sin aliento (Francia, 1961), debemos recordar que la mayoría de estos cambios eran realizados más como una adaptación que como una tendencia. Es decir, se trataba de hacer cine, como sea, pero hacerlo. El cambio que ofrecen los críticos, es más apreciable por la representación del hombre como centro y actor activo de su vida. Un segundo renacimiento artístico, quizá.

Las características de la nueva ola no encuentran en sí ninguna homogeneidad entre los autores. Los temas que se retoman aspiran a ser sencillos, planean mostrar la continuidad de la vida. Lo importante aquí resulta ser, entonces, el acto de insubordinación y la forma en que lograron producir, dirigir y distribuir sus filmes. Hacer películas de bajo costo era una necesidad. Muchos de los proyectos que salieron a la luz durante esa época lo hicieron gracias a las productoras que ellos mismos fundaron.

Entre la historia de amor bélico que construye Alain Resnais y que oculta el fuerte contexto de la posguerra en Hiroshima, mon amour de 1960, hasta la picardía y la inocencia con la que François Truffaut nos presenta las aventuras de Antoine Doinel a partir de Los 400 golpes en 1959; lo único que hay en común son los trucos bajo los cuales fueron realizadas. Todo lo anterior ayuda a entender la terquedad de los críticos por defender la autoría y la autenticidad de este nuevo cine, que no aceptaba normas ni censura.

Discutir de nimiedades como el año exacto en el que inicia la nueva ola francesa o quienes sí y quienes no son sus integrantes resulta irrelevante. Lo importante sería señalar los, entonces nuevos, ideales de libertad que el cine necesitaba y pedía con urgencia.

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