La Semana Fénix y FilminLatino presentan: 'El Club'

Autor: FilminLatino

La Semana Fénix y FilminLatino presentan: 'El Club'

Según afirma Pablo Larraín, El Club (Chile, 2015) tiene que ver con la idea de que la Iglesia difícilmente cree que sus miembros van a encontrar la justicia en un tribunal civil. Es una película sobre la redención, sobre la purga y sobre las víctimas; es decir, representa mucho más que una casa de retiro para sacerdotes. 

Por razones múltiples y sumamente complejas, cuatro sacerdotes y su inseparable 'carcelera' permanecen confinados en una casa playera de un remoto pueblo costero. Hay quienes cometieron abusos o robaron bebes recién nacidos y fueron relegados por las autoridades eclesiásticas. Los hay enfermos, con padecimientos mentales, problemas existenciales, o solo están viejos o cansados. Cualquiera que sea la causa de su llegada, se trata de gente aislada de la sociedad, cuyo retiro y la supuesta calma que respiran están a punto llegar a su fin con el arribo de un nuevo cura y una visita inesperada. 

Se suponía que este filme sería una biopic sobre Pablo Neruda pero la cosa no ha quedado en eso. De forma imprevista, prácticamente impulsiva, y bajo el más impenetrable secreto, el director de No (Chile,2012) se lanzó al ruedo para imprimir su particular, insobornable y definitivamente incendiario toque de atención no solo a la Iglesia, también a un país, incluso al mundo entero. Rodada de forma expresa en poco más de dos semanas, la película está filmada en digital aunque con los mismos lentes anamórficos rusos de los años 60 con los que rodaba el maestro Tarkovski.

Los icónicos personajes de El Club son los sacerdotes Vidal (interpretado por el actor fetiche de Larraín, Alfredo Castro ), Silva (Jaime Vadell), Ortega (Alejandro Goic) y Ramírez (Alejandro Sieveking); la Madre Mónica (Antonia Zegers), el sacerdote interventor (Marcelo Alonso) y un devastado mártir llamado Sandokan (Roberto Farías). Ninguno se salva de la quema.

Tal como afirmó el director del largometraje: "la Iglesia no cree en la justicia civil", una incendiaria afirmación que con agresiva frontalidad e insobornable descaro, Larraín ha puesto en práctica no solo frente a la Iglesia católica, sino de cara a la política de un país entero que acostumbra esconder la mugre que lo marca y sacude. Sin embargo el filme no deja de lado el habitual humor esquinado ni ese sórdido y áspero tratamiento que caracteriza la hermética mirada del realizador.

El director de Tony Manero (Chile, Brasil, 2008) no ha dejado títere con cabeza a través de una crepuscular y depravada alegoría bíblica que no admite expiación católica alguna. Todo aquello que estamos acostumbrados a que nos sea sugerido en el cine, aquello que insinúa el lado tenebroso de la Iglesia, es aquí frontalmente denunciado, proyectado en boca y cuerpo de unos decrépitos personajes fustigados por un pasado (¿y presente?) deleznable, pero ante todo desolador, traumático e irreversible.

En El Club todo lo truculento, malsano y obsceno que sacude la sotana y el celibato, se da de bruces con el mordaz y sinuoso ingenio de alguien que por fin, ha tenido la procaz insolencia de reflejarlo sin morderse la lengua, sin cubrirse por ningún tipo de ambigüedad tonal que le refugie de pagar un más que posible peaje de vuelta.

Formalmente sólida y adusta, visualmente brumosa y oscura, la excepcional cuarta película de Larraín acaba por resultar un puñetazo directo en el estómago a lo Ulrich Seidl, impulsado por un final abrumador con el que logra todo aquello en lo que ha fracasado la Iglesia: que de una vez por todas tomemos conciencia. Y es que si no es por las buenas, ya se sabe, se consigue por las malas; algo que El Club parece tener demoledoramente claro. 


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