Las aventuras de Antoine Doinel

Autor: Leonardo Olmos

Las aventuras de Antoine Doinel

“Aquí sufrió el pobre Antoine Doinel. Castigado injustamente por un profesor cruel, por culpa de una pin-up caída del cielo. ¡Será un ojo por ojo, un diente por diente!”, pensaba el niño Doinel mientras escribía su alebrestado manifiesto en una pizarra de su salón de clases; un niño de espíritu libre y anárquico con un fuerte fatalismo cuando de concientizar el destino se trata, y que la única solución que encuentra para combatir al autoritarismo y regaños caprichosos de sus mayores es entrar precozmente al mundo del crimen y robar dinero a ancianas despistadas.

El niño, entrado en la adolescencia, se enamora de alguien diferente cada 5 minutos para luego ser rechazado sin entender por qué su insistente cariño resulta pesado para otros. El adolescente hacia la vida adulta se planta en el mundo como alguien único e irrepetible; donde se da cuenta que lo efímero del amor se soluciona con su mera presencia, la definitiva, la que su media naranja necesitaba. El adulto que quiere regresar a su niñez, donde el amor era un juego inofensivo y no se mezclaba con la política: un ejercicio autónomo y que cerraba su ciclo naturalmente, sin hijos, sin corazones rotos, sin divorcios. El desordenado, incongruente y eternamente adorable Antoine Doinel, cuya presencia en el cine francés creo un hito y una figura de culto en cuatro películas y un cortometraje: Los 400 golpes (Francia, 1959), Antoine y Colette (Antoine et Colette, 1962) —cortometraje perteneciente a la antología El amor a los veinte años (Francia, Italia, Japón, 1962)Besos robados (Francia, 1968), Domicilio conyugal (Francia, 1970) y El amor en fuga (Francia, 1979).

Para entender a tan emblemático personaje, hay que entender a una sola persona: François Truffaut, el disruptivo cineasta francés, cofundador de la nueva ola, cuyo fundamental ensayo Una cierta tendencia del cine francés criticaba la literalidad del cine de su tiempo, cuando los realizadores se refugiaban demasiado en el texto o en sus debidas adaptaciones, mermando la capacidad creativa que la formalidad del cine otorgaba. El director iconoclasta que rechazaba las modas dictadas por el gusto amargo de las masas y del juicio energúmeno de los críticos de cine. Llevado por esa ideología, su trabajo como creador fílmico lo obligó a repensar su propia historia, experimentar con las formas discursivas y narrativas de la cinematografía y elevar sus filmes a categorías de estudio y ensayo. Con esa misma ideología crea un alter-ego: Antoine Doinel, el niño enojado que escribe terminantes líneas en espacios públicos, cuya saga se expandió por 20 años, interpretado siempre por Jean-Pierre Léaud.

Quizá uno de los aspectos más interesantes de esta serie de épicas películas sobre la vida y obra de Doinel sea precisamente lo apegado a la propia anarquía pulsátil de la mente creativa del realizador. No se trata, como podría deducirse, de un estudio sobre el paso del tiempo, en donde los personajes maduran y evolucionan para crear arcos humanos donde el espectador pueda verse representado, sino como obras irrepetibles y anacrónicas que responden a la incipiente volatilidad autoral de Truffaut, donde no sólo descontinúa su temática a favor a nuevos matices y terrenos, sino también se desprende estilísticamente de lo logrado en cada filme anterior.

No se trata tampoco, al menos no del todo, de un proyecto expiatorio del realizador francés, donde a través de ese alter-ego, que peligrosamente se asemeja a él mismo, justifique sus acciones y decisiones tomadas en pos de un arte que iba conjuntándose poco a poco; en su lugar, las aventuras de Antoine Doinel ofrece un estudio sobre la responsabilidad autoral en las obras de arte y sobre la banal felicidad que confiere mantenerse ignorante a los ataques constructivos del entorno mientras uno esté conforme con lo logrado, pero sobre todo, es una celebración de un personaje imperfecto y humano que erróneamente busca el amor desde la esquina dominante sólo para ser enfrentado por mujeres autónomas e inteligentes. Una saga de eterna melancolía en la que la retrospectiva a la agridulce etapa de la juventud se mimetiza con el acto de voltear a ver la historia del cine con la intención de transgredir las normas o seguirlas al pie de la letra. Para Antoine Doinel, se está vivo mientras se siga amando; para Truffaut, se sigue vivo mientras el cine mismo respire.

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