Los niños de la guerra

Autor: Bianca Ashanti González Santos

Los niños de la guerra

A propósito de la 66 Muestra Internacional de Cine de Cineteca Nacional quisimos aventurarnos hacia la mirada bélica del mundo cinematográfico e intentar reconocer los patrones que permean cada una de las tramas. Nos topamos, irremediablemente, con el papel del infante que, dependiendo de la perspectiva del filme, es utilizado y dotado de todo tipo de cualidades y defectos, cargando en sí la connotación inmediata de la esperanza.

En el mundo cinematográfico la guerra siempre ha sido un punto focal de interés. La necesidad de comprender y testimoniar los actos bélicos más importantes del mundo han llevado a la pantalla grande un sinfín de historias que van desde la mirada pesimista y misántropa hasta la visión esperanzadora y romántica. Es justo desde estos parámetros que se puede analizar la constante presencia de los niños dentro de la guerra.

Podemos comenzar con una de las cintas más crudas e impresionante de la historia: Ven y mira de Elem Klimov es una película soviética de 1985 que se ha convertido, sin lugar a dudas, en un referente obligado cuando se trata de cine bélico. Es justo este filme el que representa mejor que cualquier otro la importancia de los niños dentro de dicha temática. Al usar como protagonista a un infante, la película gana la oportunidad de narrar de manera visual la transición que sufre éste al enfrentarse a la guerra.

Apoyándose en escenas llenas de tensión y una carga emocional terrible, la cinta del director ruso Elem Klimov muestra los enfrentamientos armados de las aldeas bielorrusas desde la mirada de un joven que solía jugar con rifles de soldados muertos, un chico que creció bajo la cultura de la guerra. El director juega con el rol inocente de la infancia y lo contrapone a una realidad en donde esa inocencia no tiene cabida, logrando una transformación completa de sus personajes que rayan en la locura, ¿de qué otra forma se podría sobrevivir?

Es justo sobre esta línea que se debate siempre el papel de la infancia. La muerte intrínseca a la guerra intenta ganarle la batalla a la vida y la esperanza. Un claro ejemplo de lo anterior lo podemos ver en el gran clásico del neorrealismo italiano: Alemania, año cero (Italia, 1948) de Roberto Rossellini, filme en donde la cámara en mano nos permitió presenciar de manera vouyerista el difícil entorno de un país en posguerra que dejó estragos en todos los ámbitos sociales.

Rossellini construye una narrativa que se favorece por el contexto histórico del filme pero que además incursiona en temas como la pederastia, el robo, la corrupción y el suicidio. De esta manera, el cineasta italiano utiliza la infancia para representar cómo es que el ambiente de la posguerra repercute directamente sobre lo más puro que le queda a la sociedad: los niños. Privando a los párvulos de las cualidades propias como la inocencia, la pureza, la esperanza y la honradez; los convierte en el resultado de la bifurcación humana más grande que existe: la guerra.

De una u otra manera, los niños siempre tienen un papel vital dentro de este tipo de tramas y en más de una ocasión son utilizados para representar simbólicamente la ruptura del hombre en ambientes hostiles. Dentro del imaginario colectivo, una de las imágenes más transgresoras resulta ser la del niño que deja a un lado toda significación impuesta y comienza a actuar sin humanidad, con intenciones que se asemejan a la brutalidad de la guerra. Michael Haneke utiliza justo esta pretensión en El listón blanco (Alemania, 2009), dónde desarrolla una historia en torno a la infancia corrompida.

El filme alemán, ganador de la Palma de Oro en el Festival de Cannes, juega con el suspenso y con los ideales de lo políticamente correcto para construir una trama que históricamente podría contemplarse como la escenificación de la violencia social y la inestabilidad que se vivía antes de la Primera Guerra Mundial. Aquí los niños son representados desde una visión un tanto religiosa como seres propensos al pecado y aunque a lo largo del filme jamás se aclara si ellos fueron los responsables de los crímenes, la línea narrativa implanta una duda sobre su comportamiento.

Esta manera de representar la niñez contrasta con las propuestas bélicas más contemporáneas como lo son: El niño con la pijama de rayas (Reino Unido y Estados Unidos, 2008) de Mark Herman o Los niños de la esperanza (Francia, Alemania y Hungría, 2010) de Rose Bosch. En ambas cintas la infancia reivindica los valores que la han caracterizado siempre, mostrando personajes llenos de inocencia y benevolencia. Esto último como medio para manifestar una visión esperanzadora sobre el futuro, es decir, se acepta el testimonio de las catástrofes perpetradas por el hombre pero se apuesta por un porvenir pacifico que quede en manos de los niños. De una u otra manera el cine bélico seguirá siendo un crudo testimonio de los límites humanos y a pesar de que en más de una ocasión resulte propagandístico, no podemos negar que las secuelas de la guerra siempre estarán presentes en el imaginario colectivo.

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