Maldito cielo. No hay vergüenza de ser

Autor: Leticia Arredondo | Zoom F.7

Maldito cielo. No hay vergüenza de ser

Las primeras secuencias de Maldito cielo (Nathan Silver, 2015) vaticinan un desarrollo y una historia quizá convencional. La tranquilidad y alegría se asoman, pero la crudeza suelta una suave bofetada. Los minutos avanzan y nos damos cuenta que la disfuncionalidad es lo único que une a los personajes. El escenario: una casa en un suburbano de Nueva Jersey en la década de los noventa, donde habita un grupo de personas exadictas a las drogas. La presencia de jóvenes y veteranos marca una pauta interesante, ya que no se trata de un mal generacional. 

La regla es estar limpio, y quien la incumpla debe abandonar la casa; nadie duda de las medidas a tomar si alguno la rompe. Sin embargo cuando esto sucede, las seguridades comienzan a desvanecerse. ¿Qué hay afuera para un exadicto? ¿A dónde iría alguien que en los últimos años no ha olvidado la droga porque, paradójicamente a lo que se esperaría, no ha estado aislado de ese ambiente? Todos habitan ahí por la misma razón: su pasado se fracturó por los mismos efectos; todos están huyendo. Y no pueden olvidarlo porque desearían no tener que robar en supermercados, encontrarse con viejos amores, vender té fermentado a unos cuantos dólares, y compartir el excusado y el automóvil.

Pero Nathan Silver no se limita al tema psicotrópico. Maldito cielo, su quinto largometraje, no se resume como una película sobre yonquis, exyonquis y estados depresivos por síndrome de abstinencia. Ahí está Ann (Hannah Gross), quien llega a la casa de manera abrupta en busca de reconquistar a su antiguo amante; en su trama se percibe un claro ejemplo del poder del subtexto, y usando las palabras de Bernardo Esquinca: «lo que no se dice a veces es más inquietante». Es un personaje que causa embrollo, la de ella es una adicción emocional tal vez más espinosa que la del resto del grupo. Convive a medias y su rostro guarda un poco de esperanza a diferencia de los demás. Aguarda el momento para espabilar y cuando el entorno se apodera de ella, vemos que tal vez sólo buscaba un sitio donde gritarle y enfrentar al pasado sin pudor. 

Entre los mayores aciertos de Maldito cielo se enlistan el formato betacam en el que se filmó, la libertad en los movimientos de la cámara, así como el poco estructurado desenvolvimiento de los personajes; ya que conjugan una película aterrizada en el sentir de los momentos más ominosos que suele enfrentar el ser humano. No hay vergüenza de ser, no hay necesidad de parecer ser. 

La película oscila entre recientes propuestas que han retratado a la juventud transgrediendo los límites de lo “bien hecho”, como American Honey (Andrea Arnold, 2016) y documentales como The Wolfpack (Enat Sidi, 2015). Sin una estética visual de trazos limpios logra mostrar la obligada intimidad emocional de sus personajes, que a diario peligran caer en la claustrofobia. ¿Este es el destino que les espera? No podemos asegurarlo, porque no hay tiempo de ver al futuro, sólo hay pasado; de él se alimentan y constituye lo que ahora son.

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