María Félix y la femenina regeneración artística

Autor: Leonardo Olmos

María Félix y la femenina regeneración artística

"María nació dos veces; sus padres la engendraron y después se inventó a sí misma”, escribía Octavio Paz en el prólogo de libro fotográfico de Enrique Álvarez Félix. La hipótesis poética que supone la regeneración humana ante un alma artística... O esa alma artística saliéndose del margen que la supedita a representaciones de feminidad sexualizada o agobiada ante las tribulaciones del espectro masculino. 

Las mujeres oprimidas del cine de oro mexicano: todas calladas, pero sonrientes; sufridas, pero serviciales; elegías fílmicas con historias donde la tragedia las envuelve, los hijos fallecen, el amor las maltrata, pero su espíritu caritativo se antepone a todos esos males para siempre tender una mano afectuosa a quienes también sufren, aun si los propios malestares son ignorados tanto por los personajes de su entorno como por los directores detrás de la cámara.

Y después de todo eso, la figura de María Félix sobresale. La mujer en cuyos papeles encontraba poco a poco independencia. La señora que, de filme en filme, saltaba a roles donde sus alter-egos femeninos destilaban autonomía y entereza. La Doña que terminaba opacando a sus varones coprotagonistas y también, para bien o para mal, a la película misma. En Doña Bárbara (México, 1943), dirigida por Fernando de Fuentes y Miguel M. Delgado, trabajo que le otorgó tan afamado sobrenombre, donde después de abusos y traiciones se crea una carcasa de dureza y solemnidad con moral ambigua y actitudes fervientes. O en Enamorada (México, 1946) de Emilio Fernández, donde lejos de caer en los encantos arraigados de Pedro Armendáriz, Félix se sostiene en sí misma monumentalmente, nunca perdiendo sus ideales, e incluso rechazando a sabiendas el amor que se le propone. Escandaloso, si pensamos que la moral de época dictaba que la mujer tendría que responder positivamente a la pedida de mano del varón entregado.

Antes de siquiera pensar en la figura icónica de "María Bonita", esa máscara que se dejó puesta y a la que se refería Octavio Paz, es aún más importante reflexionar sobre el peso de su llegada a la fructífera industria del cine mexicano allá por 1940, donde nombres como Emilio “El indio” Fernández, Roberto Gavaldón, Julio Bracho e Ismael Rodríguez resaltaban en las marquesinas, junto a los del mismo Pedro Armendáriz, Jorge Negrete y Pedro Infante. En ese mundo de testosterona en celuloide, otros nombres como Sara García o Columba Domínguez ocupaban los roles antes mencionados, los de las novias sumisas o las madres lloronas. No es de extrañarse, y para el infortunio histórico, que al arribar una mujer tan imponente y llena de personalidad se le imprimiera de inmediato una estampa de femme fatale. La mujer siniestra del cine, cuya belleza innegable ni siquiera caía dentro del estándar del glamour mexicano: para mal, porque aun así la mujer seguía siendo relegada a papeles que dependían del arco dramático del personaje varonil; para bien, porque al menos Félix encontró la manera de dejar huella con tinta iconográfica.

Ícono que impactó a la vanguardia europea años después de su poderosa presencia en pantallas mexicanas, cuando la mirada de Jean Renoir y Luis Buñuel se enfocaron sobre ella y la hicieron presente en French Cancan (Francia e Italia,1955) y Los ambiciosos (Francia y México, 1959), respectivamente, en trabajos fílmicos de gran cosmogonía autoral que, por supuesto, iban dirigidos a públicos con hambre de cine disruptivo. La Doña, entonces, a la par de hacerse de un nombre que sobresaldría en auditorios extranjeros y de mentes diversas, encontraba también un espacio donde explotar su talento. 

Y sin embargo, ya sea por voluntad conciente, o por la petición inclemente del público mexicano, María Félix conservó su rol de mujer fatal fuera de los sets de cine, donde no había un director que le exigiera levantar la ceja o reír con profundo sarcasmo. Quizá un acto de rebeldía, en el que decididamente se apropiaba de la dureza humana de sus personajes sacados de un libreto, en lugar de regresar a las sonrisas amables de la alfombra roja que neciamente pedían los productores.

Sería fatuo preguntarse cómo es que María Félix trascendió al cine para conmemorarse en el imaginario como un sinónimo de mexicanidad femenina, porque ello supondría que ponemos en tela de juicio su talento y peso en escena. Sería más justo ponerse a pensar unos momentos en la notoriedad que la actriz sonorense tiene en tiempos presentes; no hay quien no conozca su nombre y no existe persona, por lo menos no en México, que desconozca la figura de la diva que rechazaba tal asignación, que sea indiferente ante la mirada retadora de una mujer que creó un personaje que le daría renombre y no se alejaría de él jamás.

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