No es más que el fin del mundo

Autor: Pluma invitada | Mariana Pedroza

No es más que el fin del mundo

Louis, interpretado por Gaspard Ulliel, regresa a la casa familiar después de doce años para dar una noticia: se encuentra enfermo y próximo a la muerte. En los primeros minutos de la cinta, mientras él viaja y el resto de la familia se prepara para recibirlo, suena de fondo «Home is where it hurts» en voz de la cantante francesa Camille, el hogar está donde [algo] duele; frase que bien podría usarse como eje de lectura para el resto del filme: pese a las desavenencias, los resentimientos y los desencuentros, ahí hay un hogar, una familia viva con heridas, recuerdos y anhelos vivos.

A lo largo de toda la película encontramos dos capas narrativas: por una parte vemos lo que ocurre en la superficie en cada uno de los diálogos; por otra, hay debajo una tensión que se transmite en los más sutiles intercambios entre personajes: miradas, silencios, frases inconclusas que sugieren afectos y motivos no resueltos.

Las extraordinarias interpretaciones de Nathalie Baye —madre de Louis—, Marion Cotillard —su cuñada—, Léa Seydoux —su hermana menor— y Vincent Cassel —su hermano mayor— contribuyen de modo notable a la construcción de esta atmósfera. Detrás del conflicto explícito se hace notar siempre un conflicto subyacente mucho más sutil, más complejo y más humano que nunca acaba de resolverse porque no se puede nombrar pese a los diversos intentos por hacerlo.

La intención inicial de la visita de Louis se desdibuja al sumergirse en ese mundo del que había huido y descubre que, visto de cerca, no es tan fácil de juzgar. No se sabe de cierto la causa de su partida, pero no es difícil inferirla al ver la dinámica familiar, estridente y sorda a las necesidades del otro. Sin embargo, en medio del caos y la visceralidad, los personajes dejan entrever una noción de familia que va más allá de cualquier disputa, misma que no ha sido compartida por Louis, un tentativo hermano pródigo al que resienten y de quien simultáneamente buscan reconocimiento.

No es más que el fin del mundo es una película canadiense basada en la obra de teatro homónima del francés Jean-Luc Lagarce, ganadora del Premio del Jurado Ecuménico del Festival de Cannes en 2016. Su director, Xavier Dolan, es considerado uno de los directores más jóvenes y talentosos desde que, a la edad de 19 años, lanzara su primer éxito Maté a mi madre, en 2009.

La predilección por el uso de primeros planos y encuadres en close up deja ver las influencias del lenguaje teatral en la obra de Dolan, pues centra toda la atención en la interacción de los personajes más que en sus escenarios. Al mismo tiempo, esta elección contribuye a generar una atmósfera asfixiante, análoga a la que viven los personajes.

La película plantea una disyuntiva irresoluble: ni irse ni quedarse parece ser la respuesta correcta. A veces quererse no basta para entenderse.

Mariana Pedroza es @nereisima en Twitter, filósofa y psicoanalista.

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