Ópera prima: el enorme enfrentamiento de los realizadores

Autor: Gerardo Guadarrama Nájera

Ópera prima: el enorme enfrentamiento de los realizadores

La primera obra artística de un cineasta es indudablemente el riesgo más grande de su carrera. Su ópera prima no sólo implica que se filme una película de ya un presupuesto considerable para un primer realizador sino que es su trampolín para que pueda seguir en la realización de películas y producciones de esa magnitud o incluso mucho mayores. Implica que el director en su primer trabajo de largometraje debe mostrar una obra con una visión particular de su mundo, de lo que le preocupa, de sus miedos, sus obsesiones, sus sueños y los misterios con los que se cuestionan día con día. Filmar dicha obra implica, en la mayoría de los casos, conjuntar todos los elementos mencionados para plasmar esas inquietudes de un cineasta que se adentra a un sitio desconocido, como pisar un pantanoso camino sin certeza de la reacción del público, que muchas veces para quienes las ven podrían tener un exceso de elementos y subtramas, un cúmulo de ideas, pero desde el punto de vista del creador es un descubrimiento y una moneda al aire que pretende dar a conocer si será su primera y última película o será el gran escalón de su vida.

La ópera prima es el trabajo más puro de un director, es decir, que cuenta con una producción reducida comparado con las películas de quienes filman su tercera o cuarta obra audiovisual, pero que su energía proyecta una etapa de mucha esperanza y anhelo en un cineasta que recién se forma. La mayoría de las veces esas películas son criticados, vistas sin muchas aspiraciones o con carencias que se suelen comparar con las grandes producciones. Sin embargo, esta obra comprende una búsqueda personal de esa visión del mundo que quiere externarse y para muchos es un salto enorme al mundo del cine como El violín (México, 2006) de Francisco Vargas o La mujer de Benjamín (México, 1991) de Carlos Carrera pero para otros es un pequeño impulso que poco a poco los hace forjar y encontrar en esa búsqueda un estilo propio que lleva a realizar las obras maestras que Bergman, Truffaut, Godard, Hitchcock, Ripstein, Cazals, Fons han logrado a lo largo de su carrera.

Por si no te vuelvo a ver (México, 1997) es un ejemplo de ello, una historia sencilla pero filmada por un director Juan Pablo Villaseñor con una preocupación muy concreta de los deseos y locuras de cinco músicos ancianos que escapan de un asilo y de la vida que los carcome en su vejez.

Filmar siempre será un reto, como bien lo ha dicho Michel Franco, pero si se tiene una inquietud que cuestione las rarezas y misterios del ser humano y sobre todo la pasión y entrega al arte cinematográfico, el realizador no deberá dudar de su idea, tenga éxito o no, debido a que es una pregunta que debe responderse a sí mismo, una partida por jugar, un acertijo por resolver; donde el director le apuesta a emocionar, empatizar y conmover al público sin importar qué formación haya tenido y si es fuertemente criticado o no.

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