Pájaros de verano: perder el alma

Autor: Arantxa Luna

Pájaros de verano: perder el alma

“Ya todos estamos muertos”, dice Rapayet mientras mira de frente la ira de alguien más. La resignación y la tristeza que esconde esta frase habla sobre el destino trágico de un hombre, de una familia, de una comunidad y de un país entero. Rapayet es una de las piezas que explican el origen de uno de los fenómenos más arraigados en la cultura latinoamericana: el narcotráfico.

Alojada en este fenómeno, Pájaros de verano (ColombiaDinamarcaMéxico, 2018), de Ciro Guerra Cristina Gallego, está situada en la época de la llamada bonanza marimbera en Colombia —un periodo que abarca finales de los años setenta y principios de los ochenta—, auge del narcotráfico con la venta de mariguana de los pueblos de la costa del Caribe a Estados Unidos. En primera instancia, quizá sea irrelevante definir la ubicación geográfica, pero es este elemento que distingue la obra de Gallego y Guerra como un estudio antropológico sobre el choque entre las tradiciones y la vorágine de la modernidad, entre corromper y permanecer.

Pájaros de verano se desarrolla en la Guajira, un escenario natural que remite a la esencia del western: los imponentes paisajes desérticos, la fragilidad del hombre ante a la naturaleza y el carácter aguerrido por la supervivencia, un contexto concreto habitado por los wayúus, un clan indígena con una cosmovisión inamovible. Ellos son el mundo del que ansía ser parte Rapayet (José Acosta), un wayúu criado entre alijunas (no indígenas), porque ahí, en ese mundo esquivo, habita la bella Zaida (Natalia Reyes), la mujer que quiere hacer su esposa.

Dividida en cinco cantos que narran cronológicamente el nacimiento, auge y caída de esta familia nacida de la unión entre Rapayet y Zaida, el trabajo de Gallego y Guerra no está interesado en la reafirmación de estereotipos, pues es desde su cuestionamiento en donde se nutre su propuesta narrativa y audiovisual: una fotografía imponente que pondera los colores y las texturas del desierto, el movimiento y la belleza que surge de la vestimenta, el ritmo y la tensión de una banda sonora que fortalece el poder de las costumbres y la atmosfera de tintes casi mitológicos.

Rapayet es el arquetipo del héroe solitario, pero aquí, bajo el deber ser de la cultura latinoamericana, se transforma en el proveedor de una familia, un esfuerzo que sólo puede ser aprobado por Úrsula (Carmiña Martínez), la madre de Zaida y matriarca del clan. A través de esta definición de perfiles y espacios, Pájaros de verano desmitifica algunos de los elementos clásicos de este tipo de cine y da un giro a la narrativa en las películas sobre el narcotráfico.

El universo urbano, violento y esencialmente masculino es sustituido por uno que remite a los orígenes, no sólo del narco, sino también de las particularidades de la cosmovisión wayúu que versan sobre el poder femenino, el honor, la palabra y la memoria. Aquí, los alcances del negocio no sólo es un asunto material, sino que toca recovecos de dimensiones espirituales y existenciales: cualquier suceso es un asunto de familia, de clan, de comunidad, de ancestros. Los sueños de Zaida, las creencias de Úrsula, las reglas y los preceptos sobre la familia son la brújula que guían los frutos del negocio en una sociedad capitalista.

Como una pieza sui generis, Pájaros de verano es un mundo de las mujeres. A pesar de la presencia de Rapayet como provisor, el clan que habita es una sociedad matriarcal que se erige en la película como la potenciadora para que la narración avance. Sin la figura de Úrsula tendríamos otro duplicado sobre gánsteres colombianos que recurren a las armas a la menor provocación. Contrario a esto, Rapayet es el hombre que duda, que teme, el que no puede detener el derrumbe de su familia.

Quizá además de Rosario Tijeras (Colombia, México, España, Brasil, 2006) de Emilio Maillé, pocas películas han logrado que la psique femenina sea preponderante en un cosmos cinematográfico protagonizado por hombres. Gallego y Ciro saben que si no se entiende el origen es imposible concebir el mundo que se vive ahora, por esta razón, el universo de lo femenino como el dador de vida, el de los ancestros como la explicación a todo, no sólo se erige como el escenario, sino como la base estructural para conocer los miedos y las motivaciones de los personajes. Es por medio del peso de lo que dictan los ritos que se construye la dicotomía que acorrala a Úrsula y a Rapayet.

Esta bifurcación es la tensión que hila la historia hasta lo inevitable: la violencia sobre la palabra. Cuando Rapayet dice: “Ya todos estamos muertos” no se trata de algo literal, simplemente, bajo lo que establece su cosmovisión, han perdido el alma porque no hay concordancia entre sus acciones y sus palabras. La esencia de lo que son es lo fallido, la conclusión de una época. Al final, su sentencia es premonitoria.


Texto originalmente publicado en Hufftington Post México.

Arantxa Luna en Twitter: @holasoyarantxa_

Publica un comentario

Sin valoraciones