Recuperando el control de nuestra sexualidad negra

Autor: Jumko Ogata

Recuperando el control de nuestra sexualidad negra

Desde hace cientos de años a las personas negras se nos ha negado la posibilidad de enunciar y expresar nuestras sexualidad en nuestros propios términos. En su lugar nos han impuesto actitudes y roles hipersexuales, miradas que nos examinan con lascivia y hacen preguntas sobre nuestros cuerpos como si fuéramos caballos y no personas. La jezebel, la mulata trágica y el zambo son algunos ejemplos de arquetipos hipersexuales de personas negras en el cine, y son tal sólo una pequeña muestra de la violencia racista a la que nos enfrentamos. Desde El nacimiento de una nación (D. W. Griffith, 1915), hasta la serie de películas mexicanas de Rarotonga, las miradas blancas nos ubican como objetos de deseo, no como sujetos con deseos y decisiones propias. Asimismo, las políticas de respetabilidad dentro de nuestras comunidades también son un obstáculo a la expresión auténtica porque nos dicen que si nos mostramos y actuamos como queremos ser, estamos haciendo ver mal a nuestrxs compañerxs; que debemos reprimir todo lo que nos hace sentir bien y actuar “apropiadamente”. Tal vez si actuamos de esa forma apropiada podremos evitar la violencia racista dirigida hacia nosotrxs, como si fuera nuestra propia culpa y no la de las personas y sistemas que nos agreden. 

En este sentido, Yo no nací para ser discreta (2018) de Alek Lean y Agua sagrada (2016) de Olivier Jourdain ponen de cabeza las representaciones respetables y muestran a lxs sujetxs retratadxs tomando control de las narrativas sobre su sexualidad y expresión. El cortometraje de Lean cuestiona la respetabilidad como hombres gay en Brasil a través de la “discreción”, a lo cuál Zaki, una persona negra entrevistada responde con una sonrisa; “¿Qué es ser discreto? Yo me considero discreto pero la sociedad es laque no me acepta, eso es problema de la sociedad”, poco después le vemos caminar con un vestido largo de flores y tacones altísimos a la orilla de un río, resplandeciendo y afirmando con su caminar seguro, que en efecto no ha nacido para ser discreto.

Por otra parte, el documental Agua sagrada nos sitúa en Ruanda, en torno a las historias tradicionales sobre la eyaculación de mujeres cisgénero, al esfuerzo de mujeres locales por preservar estas prácticas entre parejas rwandesas y en las mujeres jóvenes que apenas comienzan su vida sexual. Cuando en los medios dominan historias acerca de las mujeres africanas como víctimas incapaces de tomar control de su sexualidad, esta película nos muestra otra perspectiva en la que ellas llevan la conversación y transmiten el conocimiento a sus comunidades. Hablan abiertamente del tema e invitan a las mujeres jóvenes a estas conversación es para procurar el placer de ellas y las parejas que puedan tener en el futuro. Como espectadores tenemos la oportunidad de acceder a otras formas de educación sexual, puestas en su contexto cultural que buscan enfrentarse a las enseñanzas coloniales impuestas, buscando así recobrar el poder de enunciación y definición de las futuras generaciones.

Estas son algunas posibilidades planteadas por las películas mencionadas anteriormente para pensar la sexualidad y la expresión de género de las personas negras en otros términos; sin que estén mediadas por estándares coloniales y permitiendo la enunciación a través del gozo y la alegría.

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