Reflexiones a 25 años de carrera artística del cineasta Fernando Sarñana

Autor: Leonardo Olmos

Reflexiones a 25 años de carrera artística del cineasta Fernando Sarñana

El año era 1994, México entraba poco a poco en una histórica crisis económica que a la fecha sigue teniendo repercusiones. Los ciudadanos se desilusionaban con un país que no ofrecía muchas oportunidades y se veían obligados a migrar al extranjero. La moral estaba por los suelos. En contraste, 1994 también era el año en que los medios audiovisuales sufrían un cambio radical: en televisión, la famosa cadena MTV llegaba a toda Latinoamérica, trayendo consigo ideas disruptivas sobre cómo la imagen y la música serían recibidas por una nueva generación de televidentes. Lejos quedaban las comedias sexuales de la década de los años 70 y 80, que a sabiendas ignoraban la situación política del país. Llegaban entonces nuevos talentos con una consciencia social y responsabilidad por proyectar en su arte las inquietudes de un pueblo. 

1994 era el año en que Fernando Sariñana, un nombre que tiempo después resonaría en la resurgente industria fílmica nacional, lanzaba su ópera prima, Hasta morir (México, 1994), melodrama que retomó el mito de Caín y Abel en un contexto de crisis de identidad y el poder de la economía. Para Sariñana, entonces joven promesa que ya trabajaba en distintos medios, la década de los años 90 significaron el cierre de un ciclo. Un milenio terminaba y con él se iban las falsas zonas de confort donde las personas se acomodaban en discursos cómicos que servirían como analgésicos en un país dolido. Difícil era ignorar también las punzantes protestas ideológicas de los vecinos del norte, cuya revolución televisiva había ya permeado desde años atrás. 

El contexto es importante sobre todo si pensamos en una ley máxima del arte que aquí nos atañe, el cine: el público es el que importa. Obviedad, quizá, que a menudo se pasa por alto por una idea condescendiente de quien cree que la masa sólo quiere divertirse, entregándoles productos de efímera calidad que generan más ganancias en una dulcería de los multiplexes que en la propia industria cinematográfica. El contexto es importante para entender la figura de Fernando Sariñana: director que llegaba joven a una meca vieja, trastabillada. Realizador que entregaba modelos de producción que por supuesto no se adecuaban al formalismo académico de quienes pensaban rescatar al cine de la superficialidad de las ficheras. Cineasta que tomó por sorpresa a todos por respetar la ley máxima del cine, pero con un pequeño giro: sí, el público es el que importa, pero también está abierto a nuevas formas de ver las cosas.

Con el establecimiento de las cadenas de salas de cine en los años noventa, también surgía una nueva audiencia que antes se había pasado por alto, sobre todo en el cine nacional: los jóvenes. Asiduos visitantes de plazas comerciales, quienes poco a poco reconfiguraban su visión del mundo moderno a través de la música y la televisión que llegaba de Estados Unidos. Y mientras los nuevos cineastas se enfocaban en dialogar con la problemática política del país hablándole a una audiencia más madura, Sariñana volteó a ver a ese público joven. Con Amar te duele (México, 2002) planteó una tropicalización del clásico Romeo y Julieta de William Shakespeare, traducido en el escenario de la urbe metropolitana, reflexionando sobre el clasismo de su gente y la ingenuidad de quien vivía ignorante de la crisis que azotaba al país; en Todo el poder (México, 1999), su lente se agudizaba para satirizar la podredumbre del corrompido sistema político y judicial; en Ciudades oscuras (México, 2002) se iba a las calles, su punto de vista era prestado a las personas sin techo y comida, una visión de México aún más cruda; y a través de todo ese cine, la inquietud por romper con los esquemas establecidos era evidente. La mención del popular canal de MTV no es gratuita, pues el mismo Sariñana retomaba la vertiginosa formalidad de su programación para ponerla en celuloide, jugando con formatos, soportes, montaje paralelo y sobre todo con música, elemento que sigue siendo importante en su trabajo. 

El contexto es importante para entender cómo, a 25 años de carrera profesional, el nombre Fernando Sariñana dejó huella en el nuevo cine mexicano. Reflexionar es elemental porque quizá ahora el público se llena de nuevas expectaciones, pero hubo un momento donde se tenía que hablar con la frontalidad y dinamismo del director, y la herencia que le dejó al cine nacional por años fue más que palpable.

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