Reflexiones sobre la diversidad sexual en el cine

Autor: Leonardo Olmos

Reflexiones sobre la diversidad sexual en el cine

En la era de la inclusión y la diversidad, resulta importante reflexionar sobre la presencia de la comunidad LGBTIQ en el cine. A través de los años, infinidad de personajes han visitado las pantallas de cineastas de todas las partes del mundo con roles que varían en su importancia y en el tiempo que se les otorgue en los libretos. Desde papeles secundarios que servirían para dar apoyo moral al protagonista, beats cómicos que aligeran las tribulaciones de una trama o representaciones de moralidad que agregan apuntes a relatos didácticos; los hombres y mujeres de la comunidad han tenido su parte en la cinematografía sin que se haga gran reproche al respecto.

Y la reflexión que crea el paralelismo con la era contemporánea, donde día a día se hace hincapié en la importancia de la representación en escena, resuena aún más si pensamos que, a pesar de que la cuota de diversidad aumenta, la comunidad sigue matizada con estereotipos de los cuales una audiencia se pueda mofar o, peor aún, se utiliza para dar lecciones condescendientes sobre el respeto y la tolerancia, con énfasis este último concepto hasta dejarlo en una reprimenda de alcances espirituales.

Por supuesto, un cineasta como Pedro Almodóvar nutre sus complejas narrativas con la vitalidad de homosexuales inquisitivos y lesbianas misteriosas, o en ideas aún más estimulantes, con personajes de ambigua sexualidad, pero retorcida moralidad, sin que su orientación anticipe su propio desequilibrio emocional –pensemos en el enfermero de Hable con ella (España, 2002)–. Para el cineasta, dotar a sus personajes homosexuales de complejidad que raye en el enigma enriquece mucho más sus textos.

Para otros autores de otra generación, una más moderna y pop, la diversidad se estimula con colores disco, sonidos electrónicos y glamour estético. Pensemos en Xavier Dolan, el niño prodigio de Quebec que ha encantado a los jurados críticos de Cannes y Toronto, en cuyo cine desfilan sus alter egos, fotografiados siempre con texturas que evocan melancolía por los tiempos del celuloide y sonorizados con notas noventeras. En su glorioso Laurence Anyways (Canadá-Francia, 2012), quizá el filme más ambicioso de su prematura carrera, la larga transición de un hombre que migra a su género deseado es narrado con un fehaciente sentido de la belleza en su puesta en escena. Una película cuyas metáforas de dolor y desapego se transmiten a través de secuencias musicales inspiradas en las mejores épocas de MTV.

Dos ejemplos de cineastas, uno consagrado, el otro en posición de sol naciente, cuyo trabajo le da dignidad a una comunidad generalmente pisoteada a conveniencia. Sin embargo, en terrenos mexicanos, ambas representaciones se sienten foráneas, por más obvio que esta conclusión resulte. Visualicemos una historia: la de un cadete que experimenta la felicidad fugaz que le otorga un atisbo de libertad, enamorándose de un asistente de barbero mientras éste le corta el cabello en vísperas del desfile del 16 de septiembre. Mexicanidad y amor entre hombres que se alejan de los estereotipos con los cuales de vestiría a estos dos personajes si otra fuera la aproximación. La historia es la de Trémulo (México, 2015), y su director es Roberto Fiesco, autor que se interesa en dotar a sus entornos abiertamente homosexuales ya no sólo de perfección estética, que honraría la sensibilidad artística de hombre gay, sino también de un humanismo táctil que ciertamente revoluciona la forma en que la comunidad es retratada específicamente en el cine mexicano. A través de sus variados cortometrajes, Fiesco ha problematizado las inquietudes de una comunidad a la cual se le relega el caduco estatus de modisto de señoras o el amigo gay que funciona como amuleto de la buena suerte. Y más, al confeccionar contextos que a su vez introducen a aquellos personajes de la vida diaria que conviven cotidianamente con sus protagonistas. Así, en Fisuras (México, 2016), una madre espera eternamente el regreso de ese soldado al nido que lo vio nacer, o en David (México, 2005), un hombre maduro acompaña a un adolescente en su despertar sexual.

Y en la culminación de su trabajo de ficción, llega Quebranto (México, 2013), documental que explora la travesía decadente de Coral Bonelli, mujer transexual con un pasado de niño actor que sacrifica su carrera artística y su seguridad ante la sociedad por seguir fiel a sus deseos fisiológicos que le impiden vivir la vida que ella necesita. Con entrevistas a cuadro, acompañada de su madre, visitas a los distintos trabajos que Coral tiene que desempeñar y sin voltear la cámara cuando la situación se torna difícil, Fiesco logra transmitir genuino valor humano a un relato que se podría explotar por cualquier lado, en pos de una historia más “dinámica”, más “interesante para el espectador”.

La figura de Roberto Fiesco destaca justo al final de esta reflexión, que honestamente cuestiona la responsabilidad a la hora de incluir personajes con orientación sexual distinta a la mayoría. Quizá no sea tan integro seguir utilizando la sexualidad como punto de partida de una broma, o como bastón de apoyo para las vicisitudes mundanas de un relato. El quizá es vago y la pregunta queda abierta a un debate; al final de cuentas se trata solamente de una meditación. Lo único realmente claro reside en el valor que le demos al trabajo de directores que continuamente se empeñan en integrar minorías en sus tramas sin que las mismas se sientan forzadas por cubrir cuotas que lo único que elevaría sería la publicidad que los mismos involucrados se den a sí mismos.

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