Roberto Gavaldón: la mirada redentora

Autor: Abraham Villa Figueroa

Roberto Gavaldón: la mirada redentora

De los varios cineastas capitales de la época de oro del cine mexicano, Roberto Gavaldón es uno de los más esquivos. La excesiva expresividad y el sentimentalismo fácil de los grandes melodramas de esos años no se compaginan fácilmente con la sobriedad estilística de Gavaldón, un cineasta de transparencias, matices y contradicciones. 

Durante casi cuatro décadas dirigió más de cincuenta películas, varias de ellas emblemáticas pero, a diferencia de lo que sucede con otros directores —como Emilio Fernández o Luis Buñuel, quienes produjeron obras con evidentes rasgos personales— Gavaldón optó por lo sucinto, por abandonar cualquier adorno que entorpeciera el orden de los sucesos.  Así, deja que la trama y los personajes se desarrollen por sí mismos, y que la fuerza dramática se sostenga por su propia lógica. Sus mayores logros estilísticos son brillantes por su mimetismo con el contenido narrado.

Debido a esto, paradójicamente,  lo que a primera vista es una fría distancia propia de un director desafecto, es en realidad una imbricación completa con los mundos que retrata. Además, su atención a los cambios de carácter, a la simultaneidad de las facetas contrarias y a las emociones contrastantes en cada personaje evidencian una mirada preocupada por las luchas internas, por las dinámicas dolorosas que empujan a la tragedia o dejan entrever la redención.

En Flor de mayo (México, 1959) el triángulo amoroso formado por los personajes de Pedro Armendáriz, María Félix y Jack Palance se construye a partir de alianzas y traiciones. Ningún personaje es absolutamente culpable o inocente. El desamor y la infidelidad son redimidas por el sacrificio hacia un bien mayor: la familia. Este esquema es similar al de El rebozo de Soledad (México, 1952), donde el personaje de Arturo de Córdova sacrifica un puesto importante en un hospital privado de la capital para regresar a Santa Cruz, un pueblo pequeño y marginado, a curar a sus enfermos. 

El paisaje rural y sus personajes en El rebozo de Soledad están lejos del idilio. El medio social aparece consternado, corrompido por la violencia y la ignorancia, si no se rinde a éstas es sólo gracias a la perseverancia de individuos violentos y brutales, que son también nobles (como el personaje de Armendáriz), y otros enérgicos y bienintencionados pero llenos de dudas (como el personaje de Arturo de Córdova). En El hombre de los hongos (México, 1975) Gavaldón vuelve a presentar a individuos capaces de redimirse solo a cambio de luchar contra el entorno pervertido que los rodea. La historia de erotismo, asesinato, incesto y derroche se cierra con una gran masacre, filmada sin remilgos. 

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