Siempre Amber: la isla se comparte

Autor: Francisco Lerios

Siempre Amber: la isla se comparte

En el baño de la casa hay restos de tinte en el lavabo y pelo cortado en el piso. Los azulejos son lisos y con poco encanto, pero el agua que chapotea en la tina es de colores hermosos e imposibles. Una luz blanca y fría brilla sobre una serie de escenas de intimidad y cuidado: Amber tiñe o corta su pelo o se hace una perforación de labio casera frente al espejo. Amber y Sebastian, mejores amigues desde la infancia, platican sobre la testosterona en gel que se aplica Sebastian o deliberan sobre la temperatura ideal del agua dentro de la tina. Amber le tiñe el pelo a su madre. Amber dibuja su nombre y otros garabatos con sales sobre la pierna de su amante Olivera, asomada por fuera del agua de un baño de burbujas compartido. Siempre Amber, sí, pero la noción de identidad con la que este documental se compromete es tan fluida como el agua de colores de la tina, tan cambiante como las transformaciones que tienen lugar frente al espejo.

En sus poco más de 70 minutos, Siempre Amber (Suecia, 2020) construye un relato de tres años en la vida de Amber, adolescente no binarie de Estocolmo, a través de su historia personal, sus formas de presentarse hacia otres y hacia sí misme, sus rituales y sus relaciones de complicidad y ternura con otres. Está Sebastian, con quien Amber comparte el no sentirse identificade con la norma de su género asignado y quien le guía en sus primeras exploraciones de una identidad no binaria; Charlie, una relación amorosa que eventualmente es causa del distanciamiento con Sebastian; Olivera, conocide por Tinder (“TRANSGÉNERO, PERO MI RELIGIÓN ES EL TECNO”, se lee en su perfil); su madre, con quien vive, y su padre, muerto por enfermedad años atrás, a quien conocemos mediante la narración de Amber y sus apariciones en imagen y voz en videos extraídos del archivo familiar. Hay también otros encuentros, amigues casuales con quienes se comparte un cigarro afuera de la fiesta o un coctel en casa una mañana de flojera.

En contraste a este mundo relacional, vivido con toda la intensidad y sabiduría de la adolescencia, resalta la relación de Amber con un punto de vista externo particular: el diagnóstico médico. Las primeras escenas nos muestran a Amber, filmade por sí misme con el celular, sentade en una sala de espera previa a la consulta. La conversación con la doctora durante la consulta, filmada ahora con una cámara fija, aparecerá por fragmentos a lo largo de la película, trazando el arco de una de sus principales tensiones: ¿cómo concuerda la fluidez y experimentación con la identidad de género que practican Amber y sus amigues con las narrativas médicas y sociales sobre las normas de género y la transición? La consulta termina en un concepto: trastorno de identidad de género. El diagnóstico, aunque es lo que Amber desea porque le permite acceso a una cirugía de mastectomía, no deja de ser incómodo (“Yo no inventé este nombre”, aclara la doctora antes de enunciarlo). 

En una entrevista para el premio Teddy las directoras Hannah Reinikainen y Lia Hietala cuentan que conocieron a Amber y Sebastian en el rodaje de otra película y que, prendadas por su relación, decidieron abordar con elles un proyecto documental que capturara la intensidad emocional de la amistad queer en la adolescencia. El documental cambió de dirección cuando la amistad con Sebastian se fracturó: su presencia en el relato se volvió satelital, pero no menos importante. “Estoy haciendo un documental, o más bien dos chicas están haciendo un documental sobre mi vida. Me dieron esta cámara para filmar en la escuela, dice Amber sosteniendo la cámara, “supongo que creen que soy divertida”. Uno de los mayores aciertos de Siempre Amber es abordar la fluidez también como posibilidad formal: la película fluctúa entre imágenes tomadas por Amber con la cámara o con el celular, selfies, llamadas por Snapchat, videos caseros de diferentes épocas de la vida familiar de Amber y tomas fijas o de cámara en mano desde un punto de vista externo. La variedad de registros crea un espacio de autoría compartida desde donde se cuenta el relato de una subjetividad que, aún dentro del contexto de tolerancia en el que Amber se desenvuelve, no deja de experimentar fricciones en sus encuentros con el mundo y sus narrativas dominantes. 

“Si viviera en una isla desierta con mis amigues no habría reglas, y como mi disforia es social sería mucho menos pronunciada en ese caso”, dice Amber a la doctora durante la consulta. La imagen mental desarma. En contraste a la esterilidad del consultorio, vemos a Amber y Olivera saltando al agua de un lago desde un árbol, nadando. La isla se comparte, ha sido compartida ya en baños de sales, arreglos y cuidados mutuos, fiestas y conversaciones sinceras. La isla que podemos entrever con Amber no es un lugar para el escapismo sino, pensando con Deleuze, para la re-creación: “No hay un segundo nacimiento porque haya habido una catástrofe, sino a la inversa, hay catástrofe después del origen porque debe haber, desde el origen, un segundo nacimiento”. Pero el tiempo de la isla se mueve de otra forma, sus velocidades no coinciden con las del continente. Casi al final del documental, expresando a Olivera sus dudas sobre si seguir adelante con la cirugía planeada, Amber se pregunta: “¿Qué tanto debo cambiar yo porque la sociedad no cambia lo suficientemente rápido?” 

No hay una respuesta definitiva. Amber y Olivera, en su sabiduría insular, lo saben. Pero hay rituales, hay cuidados. Una mañana, cerca del final del documental, Amber se despierta junto a Olivera. Poco después llega Sebastian, ha habido un reencuentro y ahora comparte con Amber la segunda cercanía, la más verdadera. Las tres se arreglan y se maquillan mutuamente, más deslumbrantes que nunca. Es el día del orgullo y las tres salen de la casa.

La intensidad y velocidad del cambio asustan por momentos (“¿y si un día despiertas y ya no me reconoces?” pregunta Sebastian a Amber al inicio de su tratamiento hormonal), pero la marcha está llena de cómplices y testigos que acompañan. Las directoras nos ofrecen en esta imagen no una respuesta sobre el futuro de Amber y sus amigues, sino el cosquilleo del encuentro con la colectividad, el estremecimiento de una voz que se descubre cada vez más parte de un coro y canta con otres: “Ohhhhh sometimes, I get the feeling...”

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