Sinvivir: deriva de varones tristes

Autor: Abraham Villa Figueroa

Sinvivir: deriva de varones tristes

La masculinidad, directa o indirectamente, ha sido una presencia constante en la historia del cine mexicano. Desde el macho violento, impulsivo y sentimental que representara el actor y director Emilio ‘El Indio’ Fernández, hasta la romántica virilidad de Pedro Infante en sus interpretaciones o la elegante astucia urbana de Arturo de Córdova, las figuras masculinas que pueblan el imaginario cinematográfico nacional delinean la silueta de un varón activo, enérgico, que enfrenta la tragedia o el amor con desplantes, risa, ira o llanto, pero que siempre intenta sobreponerse a sus circunstancias.

Estos hombres no pierden cuando luchan contra la vida o, si lo hacen, el padecer les permite expresar el signo de su existencia: sufridores en el desamor, se convierten en un símbolo del romance; víctimas de la injusticia, encarnan el valor de la inocencia y la pureza; destruidos por su ambición y sus pecados, son un ejemplo negativo de la moral correcta. Los varones del cine clásico nacional no admiten la derrota ni aceptan realmente el dolor o la tristeza, pues sus emociones se subliman en la reafirmación de valores sociales. Su intimidad es un teatro de expresividad pública: no es otra cosa el melodrama.

Sinvivir, la ópera prima de Anaïs Pareto Onghena, nada a contracorriente de esta tradición y en su tratamiento verdaderamente íntimo de una tríada de varones tristes muestra la distancia que nos separa de esa concepción de lo masculino. La trama sigue la vida cotidiana de Jairo, Hugo y Moi, quienes sobrellevan silenciosamente los sinsabores de la separación, la soledad, el suicidio y la enfermedad. Su convivencia se encuadra en planos casi inmóviles que capturan la sombría ausencia de la casa que habitan. Al comienzo, cada uno guarda para sí sus propios fantasmas. Lentamente, se abren los demás y son capaces de hacerse compañía. El consistente ritmo del montaje, los planos someros pero eficientes y las buenas actuaciones de Horacio García Rojas, Pedro Hernández (quien ganó el premio a mejor interpretación masculina en el Festival de Cine de Morelia por este filme) y Antonio López Torres hacen del desenvolvimiento de los personajes una atmósfera sentimental en cuyo centro se observa su vulnerabilidad individual.

Así, a Anaïs Pareto le interesa presentar a tres personajes que no representan ideas sobre la virilidad pero que viven realmente su condición masculina. La tristeza, la dulzura y la resignación se aceptan con naturalidad. Las emociones de los personajes los condicionan pero no remiten a otra cosa. Ya no hay un afuera social que justifique su padecer: los varones solo se tienen a sí mismos, están realmente solos. La película acepta esta condición y su búsqueda es el intento de un reencuentro: que los personajes se descubran a sí mismos exteriorizando su ser y así se reconozcan en los otros. Más que una excusa o un modelo, la masculinidad es una condición y una vía para la comprensión y la amistad. La sola capacidad de plantear esta distancia respecto a la tradición del cine mexicano ya es una labor significativa por parte de Anaïs Pareto.

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