Un lugar llamado Chiapas: la construcción visual de la insurrección

Autor: Bianca Ashanti

Un lugar llamado Chiapas: la construcción visual de la insurrección

De maíz amarillo y de maíz blanco se hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hombre. Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cuatro hombres que fueron creados.

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El 1 de enero de 1994, México le abría la puerta de la economía nacional a Estados Unidos y Canadá, a través de un acuerdo que prometía llevar riqueza al país: el TLCAN. Los ojos de la política y la oligarquía se llenaban de brillo ante las promesas de desarrollo, todos miraban al norte, esperando que por ahí entrara el cambio que el país necesitaba. Sin embargo, ese cambio llevaba ventaja en el Sur, el extremo opuesto, donde se entendía la amenaza que representaba este tratado para la sobrevivencia indígena.

El levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), era la respuesta de la comunidad chiapaneca. Una comunidad marcada por la marginación y el olvido estatal, que trabajaba tierras ajenas bajo condiciones precarizadas. Entonces, hartos de esto, decidieron tomar las armas, sacar al gobierno de la jugada y declararle la guerra a Carlos Salinas de Gortari, el entonces presidente del país, y a toda la institución política que tanto los había golpeado. Esta insurrección captó los ojos de la sociedad internacional, que reconocía en ellos una verdadera ventana hacia el nuevo orden revolucionario.

Entre todos estos reflectores, interesados por conocer el movimiento, el de la documentalista Nettie Wild logró configurarse como uno de los más poderoso. Un filme que retrató a La Realidad (uno de los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas), a las comunidades y a todos los simpatizantes del norte chiapaneco que no pudieron ser auxiliados por los rebeldes, y que quedaron desarmados dentro de una guerra. Un lugar llamado Chiapas (Canadá, 1998) es el resultado de cinco años de historias, problemas y esperanzas observados a través de un enfoque que se aleja de los discursos romantizados de la rebelión. Conformando un retrato del movimiento, que se enriquece a partir de los contrastes discursivos.

Lo poderoso de la producción canadiense no sólo recae en sus imágenes. Su mirada crítica permea cada toma descriptiva que se realiza, acompañadas de una la melodiosa voz en off que parece cuestionarlo todo: en primera, por la condición extranjera de la realizadora; en segunda, por las cuestiones morales que atañen las decisiones de un orden revolucionario.

El documental sigue un relato circular, que inicia y termina mostrándonos un rostro cubierto: el del comandante Marcos, la mítica figura que inundaría el internet al convertirse en el traductor del levantamiento indígena de Chiapas. Sin embargo, el ícono revolucionario que vemos al principio no resulta ser el mismo que mira a la cámara de Nettie en los últimos minutos del filme. La cineasta ha recorrido ya demasiado camino, se ha adentrado en la selva con los zapatistas desplazados, ha sido censurada por la incomodidad que representa como testigo, se ha sentado en ambos lados y en todo ese proceso nos ha ayudado a nosotros, como espectadores, a desmitificar la imagen que vemos en pantalla.

Wild, al igual que la mayoría de las asociaciones civiles internacionales que se acercaron a los zapatistas, fue deslumbrada por la personalidad de Marcos pero su cámara logró ver más allá. Esforzándose por entender el entorno ajeno y los personajes que repercutían en él, se convirtió en una de las miradas más críticas de la primera revolución posmoderna del mundo. A través de sus ojos podemos ser testigos del detrás de cámaras y el cómo se realizó la construcción visual que se proyectaría al mundo de este ejército encapuchado.

Para llegar al día de hoy, ha transcurrido un cuarto de siglo. La insurrección ahora forma parte de la historia y las necesidades de los grupos indígenas tocaron lo suficientemente fuerte como para convertirse en parte de la agenda pública y en más de un discurso político y, sin embargo, las exigencias de los zapatistas parecen no haber avanzado en nada. Es por esto que resulta tan importante recordar, desempolvar un poco de la historia, encontrar nuevos puntos de enfoque y hacerle honor al esfuerzo de estos hombres y mujeres que, tal como lo dice su historia, fueron creados del maíz, encadenados tormentosamente a él y finalmente reivindicados a partir de su lucha por recuperar lo que siempre fue suyo.

Un lugar llamado Chiapas se construye a partir de rostros en primer plano que contrastan entre sí. Fotografías de niños ensangrentados que parecen contraponerse a las imágenes de un Dios occidentalizado, grupos paramilitares vinculados con la política: y miradas de enojo, ira, tristeza y esperanza que nos muestran una lucha en donde la muerte perdió su sacralidad para convertirse en una compañera inseparable de las comunidades indígenas en resistencia.

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